Pescados arrepentidos y conchita triunfante / Jorge Diezma

bodegon con cangrejos

Cuando un crustáceo (pintado o no, esto es lo de menos) empieza a trepar por los bordes de un bodegón, debería haber alguien —y lo mejor sería que de esto se encargase otro crustáceo— que le avisara de que se ha equivocado de camino, aunque ese mismo vigilante, u otro de la misma o distinta especie, podría amonestar igualmente al resto de las figuras, invitándolas a ausentarse.

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