Un poco más sobre poco más que nada

por José Ramón Sandar Rivas

Brendan Cass Italy
Brendan Cass Italy

 

 

“¡ y sólo ellos pueden darnos la impresión de los verdaderos paraisos, que son los paraisos perdidos!”

Marcel Proust

 

 

Creo que más de una vez he dicho, que cuando más aprendo de arte, es cuando me distraigo de su encantadora y maligna presencia. La mayoría de las cosas que escribo se me ocurren en mis frecuentes paseos; lapsus del tiempo en los que me distraigo precisamente de eso, del tiempo. Es la ignorancia del tiempo que nos queda lo que nos fustiga; distraernos de su presencia se convierte en un corto pero reparador descanso. Por eso el arte es la celebración de la vida y no del tiempo, por mucho que diga la historia. El hombre moderno parece saciar sus ganas de conocimiento entrando en estos mausoleos del arte que son los museos; que antes, casi todos o la mayoría, de alguna manera, fueron la colección del algún rey o burgués; o su pérdida de tiempo. Porque lo único que contienen es tiempo; tiempo que no estás fuera descubriendo las maravillas que hay en el mundo; tiempo que no estás disfrutando del buen tiempo, como decía Paul Valéry. Al fin y al cabo, el arte -que es un poco más que nada-, no está encerrado ni si quiera en los cuadros, es algo que emana o brota o se derrama de ellos; no es sólo la sensación que te produce la obra in situ, el arte también es una sensación que se va contigo a casa y hace que la comida sepa mejor, que el vino alegre más y que el mundo sea más apetecible. Es en los bares  que rodean los museos donde el arte tiene una presencia como de encantamiento, un algo más que nada que está en el ambiente; algo que alarga las sobremesas; algo que está en los gestos de las manos de los bailarines, o entre sus dedos o que se derrama de entre ellos; un algo que se escapa del mercado del arte, de los muros de la historia y hasta de la crítica.

 

 

Hablando de cosas que se derraman,  me ha venido a la cabeza los objetos pictóricos de Helmut Dorner; planchas de metacrilato sobre las que derrama y salpica una laca líquida que se expande a sus anchas; excluyendo de la acción al creador, pero no a la intención, que está en manos del azar que se enfrenta al caos, formando un ligero velo o capa orgánica que hace pensar en las conchas de los crustáceos, o en el magma cuando se está solidificando; como “un organismo celular con vida propia” (Jean-Charles Vergne), que forma paisajes extraños sobre el metal. Una especie de pre-pintura casi alquímica que hace al espectador partícipe de una experiencia física de la pintura; de una pintura en perpetuo estado de solidificación; como las gorgueras de los retratos de Velázquez, donde el óleo parece no querer secarse nunca. Como tampoco llegan a secarse los cuerpos de las toilettes de Picasso o los interiores junto al mar de Matisse, como Mujer de espaldas a la ventana, de 1922 o Ventana en Niza, de 1991; humedad que entra por la ventana y hace que las cortinas parezcan cargadas, como lo están las nubes, de agua. El sol y la brisa marina de la Riviera francesa suavemente entran en la habitación e invitan al ensueño placentero que produce el calor del verano, que se cuela por el pequeño hueco abierto en la contraventana actuando como un somnífero. Una ventana que es fuente y fuga del sueño; sueño de quien duerme en la mitad que no se ve de la cama.

 

 

Me encanta pensar que la diferencia entre un interior y un paisaje es tan simple, sencilla y bella como abrir una ventana o una puerta; como asomarte o salir fuera. Gestos que hacemos a diario sin darles importancia; un gesto que es un poco más que nada en nuestra vida diaria y, sin embargo, ese gesto en pintura significa un mundo. Así que voy abrir la ventana por la que se escapa la memoria de Brendan Cass para traernos paisajes llenos del color de una experiencia vivida y que nos transmite en sus cuadros. Su memoria es el caballete que eleva el punto de vista del pintor, su perspectiva del mundo. Los paisajes de Brendan Cass son el resultado posterior de la experiencia de sus viajes, pero también de lo que el propio artista se imaginaba de esos sitios antes de ir.  La memoria de Cass reconstruye ese paso, entre lo idealizado y lo vivido, para recordarnos aquello que decía Proust y que hace que la experiencia del arte sea gratuita, aquello de que “no hay para nosotros rayos de luz, ni perfumes deliciosos fuera de aquellos que nuestra memoria ha registrado, que nos hacen oír la ligera instrumentación que les agregó nuestra manera de sentir de entonces”. Cass, como el joven Proust, quiere visitar la vieja Europa; esos lugares de los que ha oído hablar en los libros de historia, de arte: Florencia, Holanda, Alemania, Grecia, Francia; son los títulos de los cuadros y el nombre de los sitios que ha visitado, y no sólo eso, es su significado. No hay nada que interpretar, sólo consiste en disfrutar, hasta donde cada uno pueda con su imaginación y su experiencia, de esos momentos que producen las primeras impresiones de las cosas y los lugares que hemos idealizado, y que nuestra memoria nos evoca.

Helmut Dörner
Helmut Dörner
Helmut Dörner
Helmut Dörner
Helmut Dörner
Helmut Dörner

D. Velázquez El bufón Calabacillas 1637-39

Picasso La toilette chambre bleu 1901
Picasso La toilette chambre bleu 1901
Matisse Mujer sentada de espaldas a la ventana abierta 1922 Montreal Museum of Fine Arts
Matisse Mujer sentada de espaldas a la ventana abierta 1922 Montreal Museum of Fine Arts
Matisse Ventana en Niza  1919
Matisse Ventana en Niza 1919
Brendan Cass Germany 2006
Brendan Cass Germany 2006
Brendan Cass Utrech 2006
Brendan Cass Utrech 2006
Brendan Cass Holland 2006
Brendan Cass Holland 2006
Brendan Cass Italy 2006
Brendan Cass Italy 2006

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