Síndrome de Guernica

Por Lidia Mateo


La memoria a la deriva

Acerca de “Síndrome de Guernica”

Fernando Sánchez Castillo.

Matadero, Madrid, del 20 de enero al 28 de marzo.


La persistencia del delirio

Que el delirio es inmanente a la historia española es innegable. De hecho, existen imágenes que nos miran desafiantes para que les devolvamos la mirada y nos revelen que esta sensación de vivir un mal sueño no es sólo una cuestión actual: que el esperpento y los disparates están demasiado enraizados en el devenir español. Drenar toda esta incoherencia histórica ha sido uno de los objetivos de las artes plásticas y la literatura durante una larga y prolífica tradición cultural. Todo parece apuntar a que a esta progresión natural le ha salido un continuador, Fernando Sánchez Castillo (1970), quien bajo la apropiación de una estética delirante ha articulado su ya consolidada trayectoria artística.

Desde la óptica del absurdo, el juego y el humor, Castillo ha cuestionado y derribado símbolos e iconos del poder, ha inventado memorias inverosímiles; ucronías que otorgan alternativas a la razón, ha elevado la voz sobre el silencio, imponiendo memoria sobre el olvido. Su última pieza, como punto de inflexión y reflexión, supone un punto y aparte en su obra, que sienta y justifica la lógica y el sentido de una producción vinculada casi por completo a la memoria reciente española.

Obra de Fernando Sánchez Castillo en Abierto x Obras (Matadero)
Obra de Fernando Sánchez Castillo en Abierto x Obras (Matadero)

 

Cuando hablamos de Síndrome de Guernica nos referimos, como decimos, a la última obra del artista, que es ni más ni menos que el famoso barco de Franco, el Azor, tras un proceso de prensado propio del desguace. La muestra, que fue inaugurada el 20 de enero y cuya pieza fue realizada ex profeso para Abierto x Obras, permanecerá abierta al público en la cámara frigorífica de Matadero hasta el 18 de marzo. La gran forma cúbica que ha resultado del citado prensado se muestra imponente en el centro de la sala y junto a ella, el mástil del barco tendido en el suelo.

 

Obra de Fernando Sánchez Castillo en Abierto x Obras (Matadero)
Obra de Fernando Sánchez Castillo en Abierto x Obras (Matadero)

 

Las idas y venidas del barco de Franco antes de su transmutación en objeto artístico merecen ser, como poco, mencionadas. El Azor, que había sido símbolo icónico del poder franquista como un lugar más donde el dictador podría hacer alarde de su gusto por lo colosaly lo excesivo, exhibiendo sus cuestionables capturas de atunes, quedó huérfano tras la muerte de su dueño y del régimen dictatorial franquista. En 1985, y tras la gran polémica que causó que Felipe González hiciera uso del barco en un intento por resignificarlo, volvió, como objeto incómodo, a ocupar de mala gana un lugar en el puerto de Ferrol hasta que, en 1990 salió a subasta con el objetivo de enviarlo al desguace. Sin embargo, fue adquirido por un hostelero que en un intento fallido trató de convertirlo en lugar de recreo flotante para la jet set marbellí. En su deriva, el barco acabó encallando en Burgos, donde quedaría varado junto al mesón de su nuevo dueño y donde, como reclamo turístico de la nostalgia, incluso se podría adquirir merchadising de la familia real junto al dictador. La imagen de este barco fantasma surcando los campos de Castilla sin duda enriqueció las arcas de nuestro imaginario del delirio.

 

 

Neutralizar la nostalgia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como en los mejores inventos de la historia, la casualidad y el error son los aliados más útiles. A un mes y medio de su apertura, uno de los efectos más interesantes de la muestra ha sido algo que no se había previsto. Quizás y a posteriori podía suponerse previsible, pero no hasta el punto en que ha cobrado significación. Nos referimos al impacto mediático de la obra. Casi todos los periódicos de distintas ideologías se han querido hacer eco de la muestra, lo que evidencia la convulsión que en este país supone aún “tocar” del pasado reciente. Aunque sin duda, lo mejor de todas estas publicaciones se encuentra en sus versiones on line, que nos permiten conocer también la opinión de los lectores, que haresultado ser de lo más variopinta. Bajo el anacronismo nostálgico, muchos de los comentarios se atreven a reivindicar el Azor como patrimonio histórico nacional y a acusar a la obra de la destrucción del propio patrimonio. Hay que decir que la obsesión memorialista de los últimos tiempos con su mezquina tendencia a la musealización y vinculada a la aceleración temporal, que obedece a los preceptos de la cultura de “usar y tirar”, del fast food o de la obsolescencia programada, la sociedad de la información, la tecnología digital y el mundo virtual al que confiamos el almacenamiento de todas nuestras bases de datos, producen que incluso la gente que no apoya ni apoyó el franquismo, crean que es legítimo conservar el barco de Franco como documento histórico. Pero no perdamos el norte y nos dejemos embriagar por esta obsesión memorialista y, junto a síndromes, síntomas, pulsiones y neurosis, no desarrollemos también el miedo patológico al olvido. No todo merece ser recordado ni conservado. Los adalides de la memoria han considerado la obra de Sánchez Castillo una destrucción en toda regla que nos ha privado de poder disfrutar del barco de Franco en el futuro (¡!).

El barco no ha sido destruido, ha sido reconceptualizado. Tampoco ha sido neutralizado en su significación dadas sus obvias vinculaciones formales con el minimalismo. Nada más lejos, ya que, como si de la mejor tergiversación de origen situacionista se tratara, Sánchez Castillo ha extraído un objeto de su contexto y lo ha modificado para situarlo en otro contexto culitativamente distinto, creando así nuevos significados que se orientan más hacia la evidente caducidad de los símbolos del poder o hacia las estrepitosas devaluaciones y plusvalías que puede sufrir un objeto de manera instantánea. Su destrucción o su neutralización habrían implicado una desaparición de todo significante. Pero no es así. En todo caso, la destrucción se ha generado como parte de un proceso creativo, ampliando su significante original, mientras que la neutralización morfológica del objeto responde a una simple reordenación de la memoria y a un enfriamiento, eso sí, de la nostalgia.

 

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