Artistas y ciudadanos de pleno derecho

 

Dibujo realizado a partir de una foto tomada en Art Workers’ Coalition protest (http://www.artandwork.us/).
Dibujo realizado a partir de una foto tomada en Art Workers’ Coalition protest (http://www.artandwork.us/).

 

Por Virginia Lázaro. Junio, 2013

 

Hace ya muchos años decidí estudiar Bellas Artes, y finalmente lo hice. En mi caso, como en el de tantos otros estudiantes, la idea que tenía acerca de lo que había de enseñarse allí, y por lo tanto aprenderse, fue cambiando radicalmente a lo largo de los años. Cuando mis estudios se acercaban a su fin, mi mayor preocupación se formulaba alrededor de una pregunta: ¿cuál es la utilidad del artista dentro de nuestro entramado social? Con ella trataba de explicarme algo que la carrera de Bellas Artes no había sido capaz de responderme: si todos sabemos que ser artista no es un trabajo en sí mismo, ¿cuál es, entonces, su utilidad social? Una pregunta demasiado amplia y demasiado ambiciosa, pero que despliega una serie de cuestiones que aún hoy siguen preocupándome. Tras terminar mis estudios tuve que enfrentarme a una tremenda desorientación existencial respecto a cómo resolver mi futuro. Esta desorientación era debida a la exigencia de conciliar la necesidad de trabajo, con mis estudios y mis aspiraciones creativas. Como yo, miles de licenciados cada año que al terminar sus carreras han de enfrentarse a un mercado laboral donde no hay lugar para ellos. Es entonces cuando hemos de reestructurar nuestra identidad para ajustarla con las necesidades del mundo del trabajo. Este es el momento preciso que nos obliga a preguntarnos: ¿Qué soy, si no soy un artista? Alguna debe ser nuestra función, ya que al cabo de los años seguimos existiendo. Seguimos licenciándonos, encontrando trabajos, pero sobre todo y más importante, se sigue padeciendo el deseo de dedicar la vida a la producción de obras.

 

Dos conceptos se mezclan aquí y de difícil conciliación. Por un lado estamos planteando la necesidad existencial de dedicarse a la creación y por lo tanto, de entender cuáles son las problemáticas vinculadas con ello. Es decir, la producción de significado inscrita en un contexto social específico. Por otra parte, estamos refiriéndonos a la inclusión de estos sujetos en el mercado laboral y de producción. De esta manera, inevitablemente, la producción artística como elemento inscrito en el sistema económico de producción de capital, se traduce en términos de utilidad frente a una necesidad relacionada con la realización personal más íntima. O dicho de otro modo, necesitamos crear pero también necesitamos trabajar, y aunque son dos necesidades muy diferenciadas, la convivencia de las mismas hace que se establezca una relación perversa entre el valor simbólico y el valor económico de la producción artística. Hemos de entender este planteamiento sin hacer una distinción entre los términos producción creativa y labor (trabajo). En términos de producción, no hay una diferencia entre la producción artística y el trabajo “mundano”. Un artista es productivo por el hecho de que produce ideas, y ya hace mucho que desterramos aquella creencia de que el artista es un sujeto extraordinario, diferente a todos los demás. A través de Debord y de Marx a su vez, podemos decir que el arte es productivo para la estética, entendida como formación para la educación de los sentidos. El arte es quien crea sujetos sociales y es por lo tanto imprescindible. Sin embargo, el problema para los artistas, críticos y demás profesionales reside en la valoración social y económica de su labor.

 

Somos más que conscientes de que el estadio económico del capitalismo avanzado y la llegada de Internet han traído consigo cambios en los modos de producción, distribución y exposición del trabajo artístico, así como en la misma figura del creador. Ahora lo entendemos como una figura híbrida que ha dejado atrás el antiguo rol específico de artista, y que se ajusta a las características de este nuevo marco productivo. He aquí la trampa, dentro de este contexto, aquellos que decidimos dedicarnos a las labores artísticas hemos hipotecado el total del tiempo de nuestra vida bajo la creencia de que nosotros mismos hemos elegido esta condición. La realidad es que somos precarios, y esta es una precariedad laboral y existencial a pesar de la cual aún creemos que es posible realizar nuestra labor de manera relativamente libre y autónoma. Ser un artista genera reducidos ingresos que hacen necesario dedicarse, al mismo tiempo, a otras actividades profesionales para poder subsistir y seguir costeando la producción propia. Vivimos con la idea de que en nuestro tiempo libre podemos hacer aquellas cosas que nos realizan, cuando en realidad estamos haciendo horas extras. En este tiempo libre también nos encontramos trabajando, generando identidades, incluso cuando consumimos. Finalmente, nuestro sacrificio no nos convierte más que en víctimas al servicio de. ¿Quieres ser un artista? Puedes solicitar una beca y depender de una subvención, pero ser becario no es un trabajo en sí mismo que de opción a prestaciones sociales y jubilación. Es decir, ser becario no te convierte en ciudadano de pleno derecho. Además, no hemos de olvidar que estamos asistiendo a un colapso de la economía, así que tenemos que ser pragmáticos. Los recursos se terminan, son mucho más escasos ahora, y los artistas son los que más lo acusan. Las infraestructuras que soportan el actual sistema están sufriendo reestructuraciones, porque el colapso financiero ha hecho temblar la hegemonía de sus recursos y de sus discursos. Como decíamos, miles de licenciados cada año, solo que ahora, ya no es posible encontrar un trabajo. Si la oferta ya era pequeña dentro del campo especifico, ahora es ínfima. Eso sí, el arte no existe porque exista el mercado, porque la producción de arte es únicamente una cuestión de deseo, pero sí está condicionado por  él.

 

Al comenzar este texto me refería a la creación como algo que nace de una profunda e íntima necesidad de realización personal. Pensemos en el arte como una cuestión de espíritu tal y como la define Paul Valery: como “la posibilidad, necesidad y energía de distinguir y desarrollar las reflexiones y los actos que no son necesarios para el funcionamiento de nuestro organismo”1. Ser artista está relacionado con ser consciente de los condicionantes de tu época, de los porqués de tu tiempo, del espíritu que te ha tocado vivir. Es el pensar con antelación sobre lo que habrá de pasar y lo que está pasando ahora, porque está ligado con dominar el instante y con interesar a los espíritus sobre sí mismos. Sobre su propia suerte. Ahora, la pregunta que se nos hace urgente, es: ¿dónde y cómo encaja en nuestro contexto esta necesidad del espíritu de la producción artística? Esta dedicación está convirtiéndose, por un lado, en una herramienta perfecta de subjetivación al servicio de la economía pero, por otro, la producción de subjetividades es la manera a través de la cual podremos lograr aquella capacidad emancipatoria de la cual nos habla Jacques Rancière referida al desarrollo de las capacidades de cualquiera. Con la que es posible tener efectos en la producción de formas de socialización e individuación, o lo que es lo mismo, en la reconfiguración de la división de lo sensible (la distribución jerárquica de las funciones exclusivas los cuerpos que nos han sido asignadas). Como decía Oscar Wilde, todo arte es inútil, lo cual, sin duda, es cierto. Inútil e imprescindible para la supervivencia del espíritu. Pretendemos que nuestras propuestas y estrategias tengan la función política de crear grietas a través de las cuales encontrar emancipación, pero al mismo tiempo, estamos sujetos por nuestra situación laboral. Trabajamos dos veces y mantenemos una doble vida, una doble identidad. Hacemos trabajos que soportan y fomentan la actual economía creativa (la cual obviamente va en detrimento del mismo artista) y cuando esto termina y comienza el tiempo libre, es cuando nos dedicamos a nuestro trabajo real, el que no produce beneficios económicos. Esto es, sin duda, una paradoja que aparece sobre la palabra emancipación: pretendemos la emancipación de los sujetos por medio de nuestras prácticas artísticas, pero nosotros mismos no estamos emancipados. Predicamos acerca de algo que no conocemos, porque nuestra situación laboral nos obliga a vivir en precariedad. En conclusión, nuestra producción nace bajo estas condiciones de contradicción.

 

A pesar de ello, el artista no es sólo útil, si no imprescindible. Es a través de su trabajo que nos hacemos conscientes de nuestro devenir. Por lo tanto, como Anton Vidokle indica en un artículo publicado en e-flux2, es una dedicación que no podemos medir en términos de profesionalización como los tiempos nos obligan a hacer. En términos de Masters, publicaciones, doctorados, etc. Porque estos son sólo títulos que no significa haber comprendido nuestro espíritu. Además, el arte necesita de su propia independencia para ser producido, lo que implica estar desicronizado del tiempo del trabajo. Quizás sea gracias a eso que no ha sido posible sujetarlo, cosificándolo bajo el régimen del trabajo. Pero si no ha sido esta la razón y sólo se debe a que su presencia resulta un riesgo, podemos dar gracias, ya que esto hace posible que siga existiendo. Es quizás por ello que podamos refugiarnos en nuestra paradoja. Evidenciarla y no olvidarla nunca, porque es nuestra condena. Como trabajadores nos encontramos en una situación laboral ambigua, dedicados a algo que no está capacitado para generar trabajo, a pesar de haberlo estudiado (lo que quiere decir que el sistema si lo concibe como un campo de estudio). Sin embargo, sabemos que en nuestro contexto social el valor del arte es muy alto (valor ahora, no solo simbólico sino económico). Se gastan enormes cantidades de dinero por parte tanto de instituciones públicas (gobiernos, ayuntamientos…) como privadas (fundaciones, bancos, cajas, empresas, particulares…). Por lo tanto, todos sabemos que la cultura es importante pero, paradójicamente, no genera ingresos suficientes para sus profesionales.

 

Nuestro futuro parece que es cubrir las vacantes del sector servicios del mundo de la cultura. No hemos elegido esta situación pero es algo de lo que hemos de hacernos responsables. El artista ha de pensar cómo su persona y su obra son dependientes de las condiciones que le rodean, así como afectada por ello, y actuar en consecuencia. Si la producción artística le habla al espíritu, es necesario entender cómo funcionan las tensiones entre su producción, el público, el mismo creador y los nuevos marcos de distribución y regulación. Es decir, replantearnos constantemente las funciones del artista como de su producción dentro de la sociedad. Por ello, ante este tiempo precario, puede que sea el amateurismo (entendido como la no profesionalización) un tipo de resistencia, es decir, desde donde podemos hacernos efectivos. Como decíamos, refugiándonos en nuestra paradoja. Quizás así podremos mantener efectiva la función política de las propuestas y estrategias artísticas. Y así, hacer público, porque el arte es una cuestión social.

 

¿Para qué sirve la profesión de artista? la respuesta puede que sea que no es una profesión, y quizás sea mejor que esto siga siendo así. Siendo un asunto de espíritu, y por lo tanto, prescindible. Desde donde poder crear un afuera y pensar otras formas de intercambios, cuestionar los modelos económicos, expositivos, las formas comerciales y la significación de la misma creación. Al fin y al cabo, no es necesario ser definido como artista para producir.

 

 

Bibliografía citada

 

  • Rancière Jacques. 1940, El reparto de lo sensible: estética y política; Traducción de Cristobal Durán… (et al.) Santiago : Lom. 2009
  • Artaud,  Antonin / Valery, Paul. La libertad del espíritu;  traducción, prólogo y notas Claudia Schvartz. Buenos Aires, Leviatan, 2005
  • Vidokle, Anton. E-flux journal #43 – march 2013. Art without market, art without education: political economy of art.

 

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