Pescados arrepentidos y conchita triunfante / Jorge Diezma

Inauguración jueves 18 de febrero de 2016 de 19 a 22 horas en Espacio Valverde

 

 

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La ironía en pintura

ANTONIO VALDECANTOS

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        Cuando un crustáceo (pintado o no, esto es lo de menos) empieza a trepar por los bordes de un bodegón, debería haber alguien —y lo mejor sería que de esto se encargase otro crustáceo—  que le avisara de que se ha equivocado de camino, aunque ese mismo vigilante, u otro de la misma o distinta especie, podría amonestar igualmente al resto de las figuras, invitándolas a ausentarse. Cuando se advierte que algo o alguien está de más, también podría haberse advertido que es el resto lo que sobra. La presencia, pintada o no, en algún lugar, de algo o de alguien disonante, inoportuno o inopinado merece el nombre de ironía cuando obliga a dudar sobre qué es lo que debe retirarse y qué el resto, pero de tal modo que semejante duda no pueda resolverse nunca. Que pueda decirse “el resto” para designar a lo que no sobra expresa ya de por sí todo lo que de irónico tiene el caso, como si las partes esenciales o ineliminables de un cuadro —o las del mundo— tuvieran que concebirse como restos no sobrantes, es decir, como material residual y de desecho que, sin embargo, no puede ser enajenado ni sacrificado: la esencia es lo que queda, y decir eso tranquiliza casi a cualquiera, pero lo que queda de algo es siempre, dicho en plata, su ruina: aquello en lo que ha acabado o ha quedado la cosa.

bodegon con cangrejos

El mundo moderno se parece al arte abstracto en que es imposible reconocer con claridad todos los componentes de cualquiera de las visiones que ofrece, y en que, cuando ha llegado a identificarse alguno, no está claro en absoluto su derecho a figurar ahí, pues en su lugar podría estar cualquier otro objeto, reconocible o no, y cualquier mancha o hueco sin dignidad para aspirar a la condición de objeto. El mundo moderno es una obra de exhaustiva ingeniería totalmente carente de sentido del humor, pero sus representaciones son obligadamente irónicas, tanto juntas como por separado. Si se toma una colección de más de una docena de imágenes aptas para servir como expresiones, documentos o emblemas del tiempo presente, lo primero que llamará la atención es que casi cualesquiera otras habrían servido para el mismo fin. Más de una y más de dos —y seguramente todas— serán como nécoras que tratan de encaramarse a las frutas de un bodegón, y cualquiera de los iconos que se propusieran para enseñar la época en que vive a quien lo ignorase todo sobre ella tendría que cumplir un requisito ineludible: su capacidad para poner de manifiesto que podría haber sido sustituido por cualquier otra imagen. Quien produce las imágenes y quien en cada caso las elige debe ser experto, antes que en ninguna otra cosa, en hacer transparente la condición azarosa e irónica de su producción o de su elección. Ese azar y esa ironía no son, ni mucho menos, consecuencias de ninguna anarquía ni de ninguna disolución de las formas, del orden o de la realidad, sino indicios de todo lo contrario. Son la celebración, gayamente festiva, de un orden supremo que asegura a cada sujeto y a cada objeto la capacidad más formidable de moverse y transformarse.

bodegon con conchas I

 

Frente al orden tradicional, en el que cada persona tenía su lugar y cada cosa guardaba distancias fijas con cada uno de los lugares de las personas, y frente al de la modernidad clásica, que resultaba de los esfuerzos progresivos de los yoes para disponer con la mayor eficacia posible del mayor número posible de objetos, el de la modernidad tardía no se funda a partir de puntos fijos ni de progresos calculados, sino por la obligación de no caer nunca en el reposo, procurando maximizar el movimiento local y el de autotransformación —el recorrido del mayor número posible de lugares y el incremento acelerado de la potencia de adquirir nuevas formas— de modo que cada lugar y cada forma constituyen espacios de paso, aptos para ser ocupados sucesivamente por cualquiera. Que esté yo aquí y no en otro lugar y que tenga el aspecto que tengo y no otro son tan sólo momentos de un flujo acelerado de mudanzas, y la manera de representar icónicamente semejante orden es la ironía de las formas y de los objetos. Que en la representación de dicho mundo se goce de la libertad propia de quien no tiene normas a las que someterse es, sin duda, un detalle de la mayor importancia. Para representar el orden es preciso quebrantar y transgredir obsesivamente las reglas de la representación propias de épocas pasadas, dejando bien claro que su falta de vigencia es una expresión más del movimiento de los tiempos y de la epopeya transgresora en que éstos consisten. La libertad del artista para transgredir infinitamente proporciona el símbolo perfecto —perfectamente ideológico, desde luego— de lo que se supone es la vertiginosa libertad del individuo tardomoderno en lo que con frecuencia se llamará su “aventura vital”. Basta con mirar en la dirección inversa para encontrar en la acartonada libertad artística —y, de manera más amplia, cultural— el cuadro grotesco, torvamente irónico, de la transgresora esclavitud del súbdito.

(Texto completo publicado en un librito con motivo de la exposición)

bodegon con conchas III (1)
 

 

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