MIGHTY BUCKAROO. Maíllo en la galería Javier Silva

 

Vista de la instalación de la exposición
Vista de la instalación de la exposición

por Cristina Anglada

 

El viernes 16 de Noviembre, la joven galería Javier Silva inaugura exposición con una de las más evidentes promesas del panorama pictórico español: Maíllo. Este joven madrileño entró en escena hace cosa de un año y desde entonces no ha parado de desarmar. Comenzó su carrera a lo grande, en el Museo ICO al ser escogido por Juan Ugalde para participar en la colectiva ¡A Vueltas con la Maldita Pintura!, pasando a ser el artista más joven de la colección de este museo nacional. Tan solo unos meses después disfrutábamos de su presentación individual en la Galería José Robles. Ahora podremos ver parte de su trabajo más reciente en Valladolid de la mano de la Galería Javier Silva.

 

Javier Silva es otra de las galerías valientes que capeando el temporal abre espacio dedicado al arte contemporáneo, esta vez huyendo de la sobresaturada capital, y proponiendo actividad en Valladolid, donde el arte contemporáneo lleva tiempo presente, sobre todo desde que abriera el Patio Herreriano en 2002. Silva se presenta en sociedad con una cartela de artistas combinando el régimen de representación con el de colaboración.      La muestra que propone esta vez Maíllo (Madrid, 1985) se desmarca de las anteriores, esencialmente prolíficas y caóticas, donde se parecía buscar hacer estallar el potencial contenido. Tras el huracán de las presentaciones parece llegar la calma, asentarse la polvareda y de repente, atentos: su vuelta al ruedo se hace con una selección de tres únicas obras de gran formato y la figura en acción como punto de conexión. Esta depuración numérica nos empuja necesariamente a observar las obras escogidas detenidamente, a devorarlas con la mirada, no tanto buscando una clave, sino recreándonos a cada paso, recorriendo sus formas y colores.

 

Maíllo sintoniza de maravilla con la micro-historia ginzburgiana y la serialidad típica del hit de las adicciones del ocio actual: las series televisivas a las que ya ha hecho algún guiño (Twin Peaks, The Wire). Se trata de una fascinación por las historias en minúscula, tanto reales como ficcionadas, que conforman la siempre cambiante mitología contemporánea, la cual el despedazada y reconstruye a su/nuestro gusto y antojo. Y es que prefiere el picoteo al plato principal, probar de todo, y no posarse demasiado en nada evitando el agotamiento y alimentando la curiosidad de manera constante y dinámica. No le interesan las historias únicas, tampoco le agradan los grandes discursos ni los proyectos que terminar. Sus obras siempre permanecen en potencia, y de su combinación cambiante surgen nuevos puzzles que interpretar.

En esta ocasión, Maíllo presenta una historia articulada en tres escenas, enlazadas bajo el sugerente título de Mighty Buckaroo. Tres pinturas que abrazan lo anecdótico espoleado por la velocidad congelada, suspendiendo una escena cuyos desenlaces imaginamos inminentes a la vez que múltiples. El western alimenta el desarrollo de esta historieta, y a modo casi de viñetas nos muestra a los tres protagonistas: el toro, el cowboy y el caballo; los dos primeros a punto de colisionar violentamente, el jamelgo derrapando con torpeza sobre el suelo, casi con movimiento metálico. Un naranja de fondo evoca la atmosfera espacial y nos recrea la sensación de estar físicamente, corporalmente en ese escenario esbozado, que forjan real las figuras generadas por el autor.

Maíllo se identifica doblemente con la figura del cowboy y del pintor, a los cuales él reconoce afines al compartir modos de vida de una supuesta obsolescencia sufrida con el paso del tiempo, aunque obviamente relativa, pues en este mundo contemporáneo de regurgitaciones, todo queda transformado en actual o caduco dependiendo del año y sus modas. Con respecto a la pintura, se podría decir que nunca ha estado más viva y para Maíllo el oficio y la técnica de la misma es esencial, y casi diríamos que vital. Se reconoce enfermo de pintura y nos cuenta que pintando entra en un estado alterado de los sentidos, viviendo de repente en el propio sistema pictórico de creación. Le interesa sobremanera esa parte de la pintura más metafísica, eterna, incomprensible y sensitiva.

En esta obsesión por la pintura, Maíllo avanza robando a los grandes y actuales maestros en su procedimiento de experimentación y creación, investigando desde la técnica, asimilando a la vez referencias que van desde la astronomía, el paleolítico, reflexiones de Ángel García, Velázquez, la cultura del hip-hop, el comic o Secundino Hernández, pero nunca olvidando la técnica, y siempre digiriéndolo, haciéndolo suyo y generando una mezcla explosiva. Y es en ese confrontar la propia experiencia pictórica con las ya existentes, como avanza y mejora.

La clave de su pintura la podemos encontrar en una clara falta de prejuicios, en la curiosidad y la aplicación de un rigor lúdico al trabajo feroz que le hace pintar casi de manera irrefrenable, desplegándose ante si un gran margen de actuación y una honestidad en todo lo que hace. Con él queda bien lejos el artista trastornado y sufridor… Maíllo disfruta de todo lo que hace y procede avanzando al ritmo de las buenas conversaciones.

 

Buckaroo, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 200x200
Buckaroo, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 200×200

Toro, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 230x200
Toro, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 230×200

Caballo, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 200x180
Caballo, 2012. Acrílico y Óleo sobre lienzo. 200×180

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