Jose Díaz en The Goma

Por Luis Francisco Pérez

 

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“Moco de caracol, enjundia de gallina, jugo verde de sapo”. Así titula su tercera individual el artista Jose Díaz (Madrid, 1981) en la galería The Goma, sirviéndose para ello de las mismas palabras que Ramón Gómez de la Serna utilizó para describir la resonancia narrativa y fantástica de los colores plasmados en las telas de José Gutiérrez Solana. El conjuro del que se sirve Ramón proviene a su vez del negro sortilegio invocado por las brujas de Macbeth. Con estos antecedentes de tan cargada atmósfera (“para ser contada o descrita en negra noche invernal, y con destellos luminosos de fuegos fatuos…”, puestos a ser cuentistas fantasiosos) bien podríamos pensar que nos encontramos de frente a una pintura figurativa, susceptible de ser asociada a una realidad reconocible, pero esa misma “realidad”, y como suele suceder, se nos manifiesta tan falsa y engañosa como le es posible, o como sus poderosos atributos le permiten, pues lo que vemos en las telas de este artista es negra noche, viento inclemente, salvaje gestualidad escondida en la sombra, ruido histérico o música compuesta por ejércitos de ratas hambrientas. Con intelectual desolación comprobamos lo difícil que nos resultaría poder narrar esta escena, si para ello disponemos únicamente de unos actores tan etéreos y crueles como los citados; y ello sin contar con ingredientes tan singulares y resbalosos como el moco de caracol, la pasta marrón y grasienta de un volátil cocinado, o el tóxico y maléfico jugo verde de sapo. Por otro lado, bien lo sabemos gracias a Wittgenstein, que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, sin duda, pero no menos inteligente y válida sería la misma idea si dijéramos “la libertad de mi lenguaje es la libertad de mi mundo”. Precisamente en esta alteración de sentido es donde hay que situar la actual pintura de José Díaz, en el baldío interpretativo que deja en suspenso la cualidad enunciativa de aquello que por convención lingüística o profesional hemos convenido en llamar, en cuanto a disciplina artística, “abstracción” o “informalismo”, o incluso, por qué no, “ensimismamiento” o “enajenación”… Digamos, entonces, que estas telas poseen dos realidades en un mismo plano pictórico, pues aquello que se muestra, o lo que el espectador contempla, es el idiolecto del que se sirve el artista para narrar el bajo fondo existencial y vivencial del propio autor (con todas las prótesis y añadiduras literarias que se quiera, por supuesto) para crear una pintura “figurativa” vedada al espectador, pero esencial para quien, por igual y en un mismo nivel de intensidad, la está “pintando” tanto como “escribiendo”.

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Que un artista español de treinta y tres años se interese, siquiera como arranque introductorio o inspirador, por referentes tan “antiguos” como la crítica artística de Ramón, o la singular paleta utilizada por Gutiérrez Solana, y ello con el fin de desarrollar una abstracción implacable y de un seco lirismo contenido, considero que se debería elevar la anécdota (sin duda menos inane y coyuntural de lo que parece) a un plano superior y con mucha más “enjundia” (aunque en esta ocasión no sea de gallina). Por inusual, por “extravagante”, por “desubicada”, por desplazada…, estos elementos encadenados nos obligan a pensar (es imposible que sea todo tan fácilmente “raro”) en consideraciones más sociológicas que artísticas, más históricas que estéticas, más formativas y privadas que actuales o públicas. Lo innegable es que contemplando estas pinturas José Díaz no esconde el deseo de anclarse en una muy concreta (o para nada “concreta”, que para lo que nos interesa expresar sirve lo mismo) filiación pictórica y artística española, si bien sus intereses y querencias no serían únicamente nacionales, pero que sin renunciar a nada sí mantiene una fijación artística por ese “color local” que tanto despreciaba Borges (y ese “desprecio” se entiende perfectamente en la década de 1920), y que tendría en el informalismo español de los cincuenta en adelante su punto de inflexión y análisis más seguro y decidido. Con total sinceridad, y sin pretender pasar, Dios me libre, por “nacionalista”, a mí me parece admirable (y necesaria) esta preocupación e interés por la pura transmisión de conocimiento dentro de la tradición artística española, que hasta me motiva (y aquí asumo que yo soy el único responsable de mi fantasía especulativa) pensar que estas arrebatadas telas son interpretaciones abstractas de algunos capítulos (los más nocturnos y violentos) de “La Busca” de Baroja, y por hacer referencia a la auténtica protagonista de esta novela, Madrid, geografía y territorio que le han servido (y mucho, quién lo diría) como inspiración a nuestro artista para pintar estas obras. Por otra parte cada vez veo y detecto más señales entre los artistas jóvenes de este país por conocer y reflexionar sobre la tradición artística a la que pertenecen. Algo está cambiando, y aún no sabemos bien bien qué es y de qué se trata, en el panorama artístico nacional.

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