Gonzalo Lebrija / Measuring the Distance / LCE

Gonzalo Lebrija. “Measuring the Distance”

La Casa Encendida. Hasta el 1 de noviembre 2015

 

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Un disparo al vacío de la incertidumbre, un vaivén de sonidos tartamudeando silencio entre puntos suspensivos, el artista bajo una lluvia de páginas de libros caídos del cielo, rifle en mano. Detén esta imagen unos minutos, sólo lo necesario para leer parte de este texto, porque después volveré a ella, con permiso del artista sobre el que escribo.

 

La obra de Lebrija es una pregunta, porque es tarea humana preguntarse. La magia del asunto está en cómo se trasmite la duda al resto de la humanidad. Él lo hace de una forma sincera y brillante, sin juicios, ni soluciones, con un cuidado minucioso, un mimo, que hace homogénea la mezcla de su obra. Planteada en cualquier formato, fotografía, vídeo, instalación, dibujo… cualquiera le vale como canal emisor de una interrogación, que a mí me parece tener mucho de lúdico.

 

Entrando en detalles, tomemos distancia. De eso se trata, de tomar distancia para medir matemáticamente, pero también para pensar, mirar, para concluir o incluso para volver a los inicios del pensamiento. Su obra está repleta de centímetros que se hacen enormes en términos temporales. Espacio y tiempo de nuevo, como no, columna vertebral de todas nuestras preguntas.

 

Así las cosas, a la nomenclatura básica de espacio y tiempo, yo añadiría lo inesperado, el juego y el espectador, al que parece poner casi siempre en el ojo del huracán de la disyuntiva.

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Querido espectador, consumidor consumido, protagonista de tantos momentos lúcidos en la obra del artista mexicano, contén el aliento porque un simbólico y enorme coche está a punto de sumergirse en medio de aguas que me parecen profundas…. o va a emerger? “Entre la vida y la muerte (breve historia del tiempo)” (2008), es el retrato de un beso suspendido, es un Narciso contemporáneo con motor de bienestar capitalista, sorprendido justo antes de besar su reflejo. Apenas un milímetro nos separa del desenlace de la historia, que sospecho de final abierto. Poco importa aquí. Lebrija quiere ser dueño del instante, de un espacio físico y mínimo para la especulación. Con precisión de cirujano poético, la composición marca la hora medio exacta en la que todo aconteció. Línea vertical robusta desde el aire al agua, ejes del reloj existencial en donde aún hay tiempo para un volantazo. Son las seis en punto o las doce y media. La simetría manda en el enigma. Y uno más. ¿Hay alguien al volante? El ínfimo espacio por el que se cuela la pregunta es la respuesta, el inspirar justo antes de la zambullida es su unidad de tiempo.

“La vida no vale nada” (2012), es otro de esos cronómetros escondidos en su obra. Dos briznas de paja voladas por el viento, parecen haberse convertido casualmente en un laberinto horario contra la pared. Si dejas de mirarlo un instante y después vuelves a él, verás con admiración que el tiempo ha pasado y ha transformando la cara del sutil y delicado arañazo, que es la brizna-huella sobre el muro. La hora vuelve a ser indefinida, para nuestra sorpresa.

 

Detener lo efímero, capturar el instante deseado, acercarse, alejarse, medir lo tangible y lo intangible. Y entre líneas el que mira, compañero de juegos del artista, se abandona gustoso a las delicias de la relatividad del tiempo, unas veces tomando las riendas de un caballo que cabalga en loop, hipnosis circular de “Silvestre” (2010), otras cayendo en el tiempo ralentizado de “ Catch my fall” (2003). El reto es atrapar el segundo antes de la colisión, y evitar que se hunda en las profundidades de lo que ya otros denominaron duración. Lo que está en juego es hacerlo nuestro, para reflexionarlo con calma antes de darnos de bruces contra la obviedad de lo imposible.

 

Entonces, decía más arriba…Un disparo al vacío de la incertidumbre, un vaivén de sonidos tartamudeando silencio entre puntos suspensivos, el artista bajo una lluvia de páginas de libros caídos del cielo, rifle en mano. Me paro delante de “Estudios sobre el amor” (2013). Me deja quieta una hoja enmarcada, única y solitaria, herida de bala en su centro, y en su centro mismo una frase que la define y la clasifica: “una página de amor”, reza el papel. De fondo escucho machacón un sonido que se abre paso entre espaciados silencios. Un sonido seco y rudo al que sigue la sensación de que la acción importante sucede durante lo que no suena.    Hablando de tiempo, inevitable hablar de memoria, imaginación y recuerdo. Mi cabeza ahora es un gran flash back. El sonido presente me suena a disparo, el disparo me lleva una y otra vez a la página solitaria enmarcada. Imagino la bala entrando en las tripas de la hoja. Para mí la historia ha concluido, hasta que me sorprendo delante del vídeo “Who knows where the time goes” (2013) que ruge en la sala de al lado. Rifle en mano, el artista “mata el tiempo libre”, (invento de unos pocos que esclaviza a muchos, gracias al sistema de compra-venta), lanzando al aire libros a los que dispara con inquietante puntería. Los hace estallar furiosamente en una lluvia de párrafos moribundos, que se desploman en un vuelo silencioso y pacífico. Parece que aceptasen con resignación su nuevo destino.

Después de la agitación del disparo, la calma del silencio. Todo adquiere un ritmo sincrónico con el que se podría medir el tiempo que estuve delante de esa obra, desvelándola. De pronto, un nuevo salto atrás cuando, un poco más tarde, descubro “Disparo” (2009), escopeta estrellada contra el suelo que sangra tinta china. Encontré la prueba del delito. Recordé dónde había visto antes ese objeto.

 

Sincronía de lo que sucede, lo que suena, el lugar que ocupo. La instalación “The distance betwen you and me” (2009), es la joya de la corona si de sorpresa hablamos, además de ser indicio irrefutable de que no se puede estar en dos sitios a la vez. Hermana simultaneidad, ya saliste a relucir. Desconcertante y poético, el asombro viene ahora de la mano de ese “you”, que soy yo. El artista me nombra y me pone marcando la salida de su huída equidistante. Corre hacia el horizonte de geografías variables dispuestas a mí alrededor, y se convierte en un punto minúsculo medidor de la distancia que nos separa.

Cuidado a donde miras, porque Lebrija juega de nuevo al escondite, juega de nuevo con tu tiempo. Si intentas cronometrar su carrera, te pierdes lo que ocurre en otros paisajes, te quedas solo como centro de referencia de su sistema estelar de huidas. Muy atento, esperas a que vuelva a su punto de origen, de la vuelta y de la cara. Pero esto no ocurre, los pasos ya están contados.

Que es imposible una percepción global de la instalación es una certeza, como lo son los huecos oscuros en donde lo temporal nos sitúa sin previo aviso. Todo esto, a pesar de que nos empeñemos en explicar lo inaprensible, y atraparlo en la guía segura de un mapa dibujado sobre papel milimetrado.

 

Manuela Barrero

Todas las imágenes cortesía de la galería Travesía Cuatro, la cual representa al artista Gonzalo Lebrija

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