Gerundio de pintar / Gema Cuellar

Exposición en la Galería Espacio Valverde 

Inauguración el 18 de Junio a las 18 h.

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GERUNDIO DE PINTAR por Jorge Diezma

Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre, que no son más que los derechos de la explotación, ni para reclamar el Derecho al Trabajo, que no es más que el derecho a la miseria, sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a cualquier hombre trabajar más de tres horas al día, la Tierra, la vieja Tierra, estremeciéndose de alegría , sentiría agitarse en ella un nuevo universo.
  Paul Lafarague. El derecho a la pereza
 

Gema Cuéllar ha pintado siempre, pero  nunca ha pintado mucho. La importancia que tiene la pintura en su vida no es proporcional a las horas que le dedica. Hace poco la escuché confesar, casi asombrada, lo mucho que significa la pintura para ella, pero sin embargo su currículum cabe en una cuartilla, y la actual es la segunda exposición individual que ha realizado en su carrera, ahora que ha cumplido ya los 41 años. En este momento se gana la vida cuidando a sus sobrinos, y los ingresos que le hayan podido reportar sus cuadros no han sido nunca suficientes para su sustento. A pesar de ello, durante todos estos años, tan alejada de eso que denominamos “la escena”, que últimamente viene siendo identificada con el arte mismo, la importancia de la pintura y más concretamente, la importancia de pintar, ha crecido para ella al igual que lo han hecho sus cuadros. Si a la obra de un pintor le quitamos las preocupaciones de orden mundano y de orden práctico, las relacionadas con la vida social y con la necesaria atención a la tendencia del día, y con la más acuciante aún necesidad de hacer caja ¿qué nos queda? Igual nos quedan los cuadros. Tal vez la pintura.

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Todos tenemos que ganarnos la vida, y todos queremos hacerlo realizando aquella labor que hemos elegido. Se trata de una aspiración lícita, pero no viene acompañada de un criterio de calidad. Somos conscientes de que el hecho de que un artista tenga éxito comercial no quiere decir que su obra tenga interés ¿por qué entonces damos por bueno el par contrario? No me estoy refiriendo al amateurismo ni a la pintura de domingo. Se trataría más bien de que fuera la propia relación con la pintura, con el pintar, lo que determinase el valor. Pero para eso tendríamos que ser capaces de plantarnos frente a los cuadros y mirarlos, y lo cierto es que nos cuesta enfrentarnos a semejante operación de riesgo. En realidad, la tradición protestante de relacionar el coste con el valor, que ya se encargó Weber de subrayar, es una forma de simplificar el criterio, librándonos de la responsabilidad del juicio propio. Nada más sencillo que pensar que las cosas valen lo que cuestan, y nada más sencillo a su vez que el que ese mismo mecanismo impregne nuestra mirada y nos impida ver. De hecho puede ocurrir que esa operación se la aplique el propio artista, juzgando su trabajo con ojos cosificados, colocando entre sí  y su obra un criterio extrínseco a modo de metacrilato.  En esta exposición no nos queda más remedio que mirar los cuadros y confirmar que la pintura es lo de siempre pero que, como el tiempo no lo es,  en los cuadros buenos ocurren cosas raras.

 Gema no le tiene miedo a pintar, porque pintando está bien. Y es que ese estar bien es el tema de sus cuadros, y es también una propuesta de vida. Luces del ocaso del día que se pierde, dejando tras de sí colores limbáticos, fruto de la relación excluyente entre el instante y la eternidad, la materia y la memoria. El color como síntesis emotiva de una reunión imposible;  siempre actual, absolutamente real.

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Llevo muchos años pintando y nunca he visto a nadie pintar como ella. Para cualquiera que la conozca no deja de ser sorprendente: es una persona algo tímida, celosa de sus cosas y no muy habladora, pero ¡tendrían que verla pintar! Es rápida, resuelta, determinada, eficaz, disfrutona. Gema y yo compartimos estudio; al llegar enciendo el ordenador, chequeo los mails, pongo música, voy al baño, recojo algunos trastos que hay por medio, me pongo a mirar un cuadro que no me convence mucho… Gema llega y se pone a pintar y en tres horas tiene un cuadro. Sus pinceles están deshechos y el óleo no podría ser de peor calidad (Mir, Van Gogh, ofertas varias…) No le hace falta más porque lo tiene. ¿Cómo pueden salir esos colores de esos tubos lamentables? Para mí sigue siendo un misterio: convierte el agua en vino, el plomo en oro.
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