HIMNOS SON SOUNDSCAPES

Escrito en Junio 2015 Para El Burro, Número 4.

 

 

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Almería, España. El mortero de mármol más grande del mundo. Realizado en mármol cedido por empresas locales.

Melilla, España. Monumento al Comandante Franco

 

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Como bien sabemos y comprobamos todos los días, gobiernos y ayuntamientos tienen el monopolio de lo que vemos en nuestras ciudades colocado en plazas, rotondas y demás espacios públicos. Ellos deciden cómo y dónde se ha de realizar la inversión del dinero público, lo que hay que recordar con gloria, quienes son los ilustres a los que se les deben monumentos y por lo tanto, qué es lo que identifica el territorio. Por ejemplo, en Melilla aún queda una estatua del Comandante Franco (estatua que al parecer no vulnera la ley de memoria histórica), mientras que en otras comunidades autónomas han aprendido que es mejor no crear polémica. En Almería, por ejemplo, hace unos meses decidieron colocar un colosal mortero. Así es como se construye el discurso que narra la historia de cualquier país: donde ya había otros, se colocan nuevos bustos de la gente ahora memorable; se borran los nombres de las calles y se les dan otros nuevos en recuerdo de los sucesos que queremos que nuestros hijos conozcan. Unos relatos sustituyen a los anteriores y unas imágenes reemplazan a las previas, que pasan a ser olvidadas con vergüenza. El estado es una de las fuerzas encargadas de escribir la historia. Al fin y al cabo tiene la autoridad y potestad para establecer las normas que regulan el territorio geopolítico siendo, además, capaz de sobrevivir a los cambios políticos. Esta capacidad reside en el hecho de ser un ente abstracto que pasa de mano en mano, historiográfico por naturaleza y que, violento por soberano, se sirve de infinitos métodos para mantener su hegemonía. A su disposición se encuentran recursos tales como la identidad cultural y los rasgos compartidos (como la lengua y el folclore) que en último término, sirven para redefinir una y otra vez la identidad de aquellos que habitan la nación que él gobierna. El estado se sustenta sobre el entramado simbólico de la identidad que habita su territorio, reformulándola constantemente para mantener la unidad. Dicho con otras palabras, él tiene entre sus funciones redefinir la identidad nacional para mantener su estabilidad. Por esta razón los símbolos del estado cuentan con un lugar protagonista en la construcción de cualquier nación. Le sirven, por un lado, como una manera de encarnarse –de tomar cuerpo– y a la vez permite que nos reconozcamos como miembros de un grupo.

 

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Cuenta con infinitos símbolos, entre ellos los edificios oficiales, la heráldica, la numismática, las banderas, los membretes, los monumentos, los uniformes o el himno nacional. Símbolos de poder destinados a mantener el orden social y político que se entremezclan en un gran pastiche: unos relativos a la tradición más ancestral junto a otros de cuño propio de quien ostente el mando. Por poner un ejemplo, La canción Patriótica había sido el himno nacional de Rusia desde 1990 hasta finales del 2000, momento en que Vladímir Putin decidió sustituirla por el que fuera himno durante la Union Soviética, solo que ahora con una nueva letra. En España, en donde una vez terminada la dictadura franquista, ya en democracia, se mantuvo el himno nacional que Franco había restituido durante la guerra civil (nuestro himno actual). El resultado de estos juegos políticos, nuestra identidad nacional, es curiosamente uno de los significados fundamentales de nuestra definición como sujetos ya que así se construye el imaginario social que nos relata. Desde esta narración es desde donde se escriben los libros que estudiamos en el colegio (como por ejemplo la polémica de Anaya y la muerte de Lorca en el pasado 2014), la historia y el pasado mítico del país que conocemos (tanto el mortero como la estatua de Franco sirven aquí de ejemplo), los roles sociales y las ideologías políticas de los personajes de las series que crecemos viendo (podemos revisar algunas de no hace tanto como Lleno por favor en cuya cabecera al protagonista se le presenta como un “nostálgico creyente en Dios, Franco y Don Santiago Bernabeu”), lo que es ilegal y lo que no (la ley mordaza fue aprobada hace escasos meses cuando, según datos del propio Ministerio del Interior, en los últimos tres años se han producido 90.000 manifestaciones y sólo en el 0,08% de ellas se registraron disturbios violentos), lo que es posible y lo que no (el 15M ya no lo es), lo que nos es propio y lo que no y un largo etcétera tan grande que está fuera de lugar tratar de enumerarlo aquí y que atiende, en definitiva, a sucesivas redefiniciones de identidad nacional.

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Francis Alÿs, bandera.                                                        Plaza de Colón, Madrid.

En Vietnam, todos los lunes, los estudiantes se reúnen para cantar juntos el himno nacional. La reverencia a los símbolos es algo que hay que aprender y practicar. A través de este tipo de actitudes es como se entiende lo que de sagrado tiene lo patrio. El himno, una composición que suele ser pretendidamente patriótica, ha de funcionar de la misma manera que cuando escuchamos la entrada de, por ejemplo, Juego de Tronos. Nada más comenzar hemos de emocionarnos al saber que vamos a vivir una hora de relatos épicos. Los himnos nacionales pretenden ser un resorte capaz de inflamar al pueblo y regenerar el espíritu nacional ya que, igual que Juego de Tronos, el poder necesita incondicionales.

Rafael Nadal of Spain cries as he attends the trophy ceremony after defeating Novak Djokovic of Serbia during their men's singles final match to win the French Open Tennis tournament in Paris    mario de vega

Nadal llora al escuchar el himno de España               Mario de Vega, Himno Nacional Mexicano

Un himno es una canción de guerra y por eso suena en toda batalla, evento deportivo o en todo evento oficial. Puede describirse como valiente, épica, victoriosa… así suena un país henchido de orgullo. Los himnos responden a la tradición musical más conservadora ligados, además, al pasado mítico del país. Nosotros, como significantes, somos legitimadores de dicha identidad y de dicho pasado. Hablando desde la semiótica, hay una conexión ineludible entre nosotros, sujetos, y la identidad nacional. Somos quienes ejemplificamos la identidad del país, quienes presentamos el estado. Podemos incluso decir que hay un proceso de transustanciación en nosotros. Somos carne, encarnamos al estado y a sus símbolos. La separación entre sujeto y estado no es nada sencilla y quizás por eso, Japón y EEUU, los dos países en democracia que más énfasis dan a sus himnos tienen dos de las economías más poderosas. Parece económicamente rentable atenerse a un régimen de control impuesto por un gobierno democrático elegido a través de los parámetros de una identidad común general y valores compartidos, pero ¿cómo podemos hacer democracia subvertidos por la identidad nacional de un poder hegemónico? Con el objetivo de tomar conciencia y acción cabría pensar en caminos para expandir la idea de democracia, manteniendo a la vez los vínculos identitarios que nos unen pero liberándolos, a la vez, de todo control que los subvierta. Quizás para comenzar lo primero es lo más sencillo: realizar una escucha consciente. Podemos pensar y enjuiciar a una sociedad por sus sonidos.

Jimmy Hendrix ya nos avisaba del poder que le otorgamos al himno (al estado) con su versión psicodélica de 1968. En Woodstock versionó el himno nacional de los EEUU con distorsión de guitarra a gran volumen. Sin duda, un paisaje sonoro de aquel momento: psicodelia, identidad, estado-nación y la guerra de Vietnam. Siguiendo con EEUU, en el 2006 se realizaba una versión del himno grabada en español por varios artistas hispanoamericanos tales como Gloria Tañón, Carlos Ponce y Gloria Trevi. Al presidente Bush no le gusto demasiado y declaró que “la gente que quiera ser un ciudadano de este país debe aprender inglés y aprender a cantar el himno nacional en inglés (…) Una de las cosas más importantes es no perder nuestro espíritu nacional”. Poco tiempo después, en ese mismo año, se introdujo una resolución en el senado que hacía ilegales las versiones cantadas en otros idiomas. Sin embargo, unas décadas antes, en 1945, la inmigrante peruana Clotilde Arias había sido contratada por el gobierno de Estados Unidos para que adaptara el himno del inglés al español. Bush encontró ofensiva la versión de Barras y Estrellas en lengua extranjera. La lengua invasora del inmigrante que viene de América Latina, siendo el castellano el segundo idioma con mayor numero de hablantes en EEUU. Pero más concretamente, como Bush mismo apuntaba, era la desvirtualización del espíritu nacional lo que preocupaba al entonces presidente. EEUU ostenta ser la segunda comunidad de habla hispana más grande del mundo, y aun así, aun a pesar de que dicho espíritu nacional es gran número latino, Bush dejó muy claro que los inmigrantes allí no son ciudadanos de pleno derecho. Toda la población hispano-hablante de los Estados Unidos quedó anulada con aquel gesto, todas sus tradiciones musicales sometidas. Jean Luc Nancy decía que toda cultura es en sí misma multicultural, y este tipo de ejercicios de poder nos demuestra como las identidades nacionales pretenden mantenerse a sí mismas obviando, si es necesario, que se construyen precisamente a partir de los cruces con otras. Implantando una sola manera de escucha, emitida desde el estado, que de sentido a un poder unidireccional. No olvidemos que un himno es todo lo opuesto a lo experimental, es algo estanco, historicista, es todo contrario a la improvisación, al pensamiento, a la experimentación. Es la rutina, la tradición, lo mecánico, lo repetitivo, aquello que se te graba en la carne como una máquina kafkiana. Un himno aun busca esa perfección, esa belleza que lo contemporáneo sabe que no existe. Es algo creado para no pensarse a sí mismo, una de tantas maneras en que la identidad nacional se construye. El himno es la banda sonora de un relato en nuestra definición como sujetos, escrito desde los poderes políticos. Junto a ese relato oficial hay otros tantos no oficiales, enredados con él, semi-enterrados o enterrados por completo. Mudos o prácticamente sin palabras.

 

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El himno nacional y su historia describen un paisaje sonoro de la oficialidad, de nuestra identidad nacional. Una vez más, en nuestro caso ¿cómo suena ser español? ¿podemos decir que España suena al culo blanco de Franco? ¿a un pasado dictatorial más que reciente y nada superado, barrido debajo de la alfombra de una mal llamada democracia? Toda identidad tiene un paisaje sonoro que no se limita al que ha sonado como oficial. Hemos de hablar de nuestro pasado, del folclore propio la nuestra tierra, de los sonidos asociados a nuestros paisajes, de los sonidos que emitimos al enunciar nuestras lenguas y de como y porque éstas han ido mutando con los siglos, de los sonidos que han dejado las culturas que han habitado el territorio… Preguntémonos que suena en los libros de música que publica España, y porqué Youtube está lleno de adolescentes tocando el himno con la flauta dulce… y recordemos que la educación no es más que legitimación. Preguntémonos, por ejemplo, que suena en el Edificio del Conservatorio Nacional y que tiene eso de diferente con las raves ilegales que se hacen en los edificios abandonados, expropiados, vueltos a poner en uso. Preguntémonos acerca de que se enseña sobre la historia y la estética de la música del SXX en los colegios y qué no se enseña. Preguntémonos ahora porqué tras la última reforma educativa la música para primaria y secundaria pasó a ser una asignatura optativa a elección de las comunidades autónomas. Tristemente, ahora mismo se puede estudiar toda la educación obligatoria en España sin haber estudiado música en ningún curso. Preguntémonos que dice la música popular, cuáles son los politonos más descargados o cuánta gente se descargó himno_españa.mp3 para apoyar a la selección o ahora el “tic tac Rajoy” o el “caloret”.

Todo es parte de un mismo relato, también lo que ha sido ocultado y lo que se ha olvidado. Nos preguntábamos antes como liberarnos de ese control hegemónico pero manteniendo los vínculos identitarios que nos unen. La respuesta puede que sea el hacer inestable el símbolo mismo de nuestra identidad compartida. Un himno es, en definitiva, un símbolo y como bien hemos aprendido junto a las imágenes los símbolos son susceptibles de ser atacados. ¿Que es aquella popular letra del himno de España si no un acto iconoclasta? Igual que ocurrió en su momento con el himno de Riego, al cual se le puso letra avisando a curas, frailes y al rey. El himno, como representación de la nación, es susceptible de recibir ataques que creen grietas en la estructura del símbolo mismo y que generen reflexión. Esta es una manera de crear espacio de pensamiento entorno a la estructura simbólica construida en torno a la idea de nación. Atacar no solo el icono, si no todos los símbolos. Al fin y al cabo, toda sociedad guarda una relación ambivalente con los símbolos patrios e idolatría y blasfemia, son conceptos  enredados entre sí. Entendamos estas acciones como parte del paisaje sonoro que estábamos trazando, como parte del mismo relato. Una manifestación de un estado de cosas que ha de ser tenido en cuenta. Igual que en la plaza de sol sonaban helicópteros a la vez que las voces de protesta, igual que tras las elecciones regionales se cantó el cara al sol en la sede del PSOE en Madrid. Pero sobre todo, seamos conscientes que este siempre ha sido un espacio de la protesta que no podemos perder. ¿Que otra manera tenemos de comunicarnos con el poder ejercido de manera soberana?

 

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Andre Levy, coin painting

 

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Opinar contra la Corona en redes sociales, delito de terrorismo a partir del 1 de julio de 2015

 

 

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