La Perrera. La periferia céntrica

A finales de los años setenta Jean François Lyotard, en su famoso libro La condition postmoderne, diagnosticó la muerte del mundo moderno y proclamó la existencia del mundo nuevo: el (mundo) posmoderno, que desde su nacimiento está considerado como un fenómeno, y a la vez, un espejo esférico que nos permite desenmascarar las debilidades de la cultura occidental contemporánea. La posmodernidad construida en la base de la crítica está gobernada por las “reglas del juego” que consisten en la infinita (de)construcción de los cimientos del mundo anterior que, según Lyotard, “nunca volverá a existir”. Los grandes “criticones” de la nueva realidad como Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Gianni Vattimo o Francis Fukuyama confirmaron “por escrito” que la cultura occidental está inmersa en un profundo anquilosamiento y que ha perdido la capacidad de crear nuevas ideas inspiradoras.  Paradójicamente, en el mismo momento Richard Rorty reveló la “verdad posmoderna, “denunciando la muerte de la verdad absoluta, confirmando que era “inútil y perjudicaba a la sociedad liberal por no tener valores epistemológicos”… Heraclitana constatación panta rei, ha sido colgada en las numerosas banderas de la posmodernidad líquida, en la que como dice Yves Michaud “la solidez de las cosas y de las relaciones humanas se percibe como amenaza” y en la que, según Bauman “todo nace con la marca de la muerte (…) todo se propone con fecha de caducidad”. El mejor de los mundos posibles de Leibniz ha sido sustituido por la pluralidad de los mejores de mundos posibles, habitados por un nuevo ser humano: el posmoderno homo optionis, que se apoya vehementemente en la prótesis del “plurYOismo” contemporáneo que le equipa en el privilegio de apropiarse de la infinita cantidad de fugaces identidades “a la carta”, que en cualquier momento pueden estar reclamadas, reivindicadas o simplemente sustituidas por otras. El “yo” se ha convertido en un disfraz, la vida en el juego de los papeles que finalmente se amalgaman borrando las fronteras que los dividen.

¿Cómo llevar ese mundo a cuestas?, ¿cómo enfrentarse a esa incertidumbre de ser, estar, pensar y hacer? En la búsqueda de la respuesta, analizaremos el caso de un joven colectivo, llamado La Perrera, porque los artistas son, sin sombra de duda, una raza humana que mejor que nadie reflejan en su discursividad artística la condición del mundo que habitan. En palabras de Pasternak, los artistas son “azote de la eternidad y prisioneros del tiempo” que viven y por eso deben de adaptarse a las realidades que les toca vivir. Por otro lado bajo el régimen franquista y en la nueva realidad española, la política cultural del Estado promocionaba un ideal del artista alienado y ensimismado, cuyo “deber artístico” fortificaría el sentido nacional dentro de la obra y convirtiéndola en una mercancía lista para inscribirse en los internacionales contextos mercantiles. La realidad posmoderna ha cambiado ese ideal, negando la necesidad de cumplir el testimonio del padre de la crítica formalista, Greenberg, que en sus ensayos promocionaba la individualidad, la expresividad y sobre todo la autorreferencia. La ruptura con la imagen del artista ahogado en el formaldehído de su introversión ha creado un nuevo ideal del artista (posmoderno), que hoy en día Pekka Himanen describe en sólo una palabra, “pluriespecialista”, que está arraigado simultáneamente en paradigmas diferentes.

Ya en 1998 Michael Brenson, en la revista neoyorquina Art Journal, reveló el cambio de paradigma dentro del mundo del arte. Lo hizo justo un año después de grandes acontecimientos expositivos que había vivido el mundo del arte, como Documenta X (comisariada por Catherine David), La Bienal de Venecia (con la muestra de Germano Celant) o La Bienal de Johannesburgo de Okwui Enwezor, que abrieron el espacio para reflexionar sobre el papel del artista y del comisario en el mundo contemporáneo del arte. Brenson proclamó el principio de la era de los comisarios, que según él tenían que ser a la vez estetas, diplomáticos, críticos, economistas, historiadores, políticos, organizadores y promotores del evento, autorizando su muestra y tomando toda la responsabilidad por ella. La última década nos enseña que el papel del comisario cada vez se hace más creativo, mientras que los artistas contemporáneos están cada vez más implicados en la labor de comisariar. Por eso, no sorprende que en el año 2009, el MUSAC y Matadero Madrid organizaran un encuentro de comisarios españoles. Producir, exponer, interpretar, invitándoles al debate sobre las estrategias y conflictos en la práctica comisarial y obligarles a enfrentarse a la pregunta sobre “la comisarización del artista y la artistización del comisario” y reflexionar sobre la posibilidad de indicar la frontera que divide esas dos disciplinas.

Curiosamente en el año 2000 un grupo de ocho artistas recién salidos de la facultad de Bellas Artes en Sevilla formularon la misma pregunta, poniendo en marcha un proyecto transdisciplinar llamado Sala de eSTAR, que se inscribió efímeramente en una mera cartografía de los espacios independientes y colectivos artísticos. María José Gallardo, José Gil Galiano, Nacho G. del Río, Ramón David Morales, Rodrigo Vargas, Natalia Gómez, José Alberto Zurita y Alexis Amador crearon un lugar de encuentro “para aquellos que desean conocer más” y dentro de él pusieron sobre la mesa la reflexión sobre los modelos de gestión y comisarización de las artes visuales que han ido evolucionando en función de las dinámicas sociales y políticas. El objetivo principal de este nuevo espacio artístico ubicado en un piso en el barrio de la Alameda en Sevilla era la promoción y la difusión del trabajo de artistas (llamados por ellos mismos “chavales con currículo cero“) en los 47 metros cuadrados de su propio “terreno“ que pretendió “ser una opción más y ofrecer o devolver a jóvenes creadores un digno espacio a las propuestas más interesantes y rompedoras del momento“.

Por ser una asociación sin ánimo de lucro, Sala de eStar garantizó a sus miembros libertad absoluta e independencia de creatividad a nivel artístico y comisarial. Pero lo que hay que decir es que el éxito de la Sala de eStar consistía a gran escala no en el formato de las exposiciones, ni en valor de las obras entendidas como estético ready made, sino en crear un espacio en el que una obra del arte era entendida como un lugar de encuentro y de diálogo, entre lo artístico, lo ciudadano y lo doméstico. Ya en el nombre de la sala está incluido el genius loci de este proyecto y, como dijo María José Gallardo: “Es un guiño donde se mezclan los conceptos derivados de -sala- de ARTE, de -star- (artistas), de -sala de estar- como lugar de reunión y encuentro, espacio donde nace la vida“. Después de siete años de trabajo con muchas colaboraciones puntuales con artistas emergentes como Jesús Palomino, Curro GonzálezFede Guzmán, Rafael Agredano, Nuria Carrasco, Sala de eStar cerró sus puertas haciendo una última exposición, llamada Transatlántica 9669. “Ahora son los que vienen detrás los que tienen que coger el relevo, los que salen frescos de la facultad y con ganas de hacer cosas” dijo una de las fundadoras de la sala y sus palabras, publicadas en la revista madrileña Alter ego, tenían carácter profético. Cuatro años después un grupo de los jóvenes artistas que se encontraron realizando el Máster en Producción Artística de la Universidad Politécnica de Valencia resucitaron el espíritu de la Sala de eStar y trasplantaron su idea a tierras valencianas.

En el año 2008, en el mapa de Valencia nació un nuevo espacio artístico, la gemela de la Sala de eStar: la Sala La Perrera, equipada con otras huellas dactilares y otro ADN pero con los mismos hemisferios y el mismo entusiasmo de crear ex nihilo dentro de la realidad posmoderna. La Perrera don Plomo nació para el público el día 10 de Octubre de 2008. Situada en pleno centro de Valencia, en el corazón del barrio del Carmen, junto a las Torres de Quart, disponía de dos salas expositivas (una destinada a las muestras individuales y otra a las colectivas), donde los jóvenes artistas durante casi tres años desarrollaban su complejo y “polifacético” proyecto, que consistía en encarnar el ideal de “pluriespecialista” que con el mismo virtuosismo es capaz de producir tanto su discurso artístico como elaborar su formato expositivo, tanto gestionarlo como promocionarlo, etc. También podemos considerar La Perrera como la (in)consciente respuesta a la constatación de Jerome Sans, que en el año 2005, cuando era el director del Palais de Tokio (junto con Nicolas Bourriaud) dijo: “Los últimos 10 años han demostrado que hay una necesidad importante de reinventar la institución artística como respuesta a los cambios en la forma en que trabajaban los artistas…hay que devolver los espacios a los artistas. Son ellos quienes tienen que habitar estos lugares. Hay una necesidad de transformar los cubos blancos a una escala más humana, devolver el alma, la experiencia y el riesgo a las instituciones artísticas… hacer que funcionen como un laboratorio, una plataforma abierta a las experiencias, un espacio para las culturas emergentes. Reinventar el concepto clásico de la institución que uno encuentra y tener una herramienta flexible, reactiva. Conservar su dinamismo, su libertad y el concepto de laboratorio (…) Trabajar con los artistas es un desafío, abre tu mente, te cuestiona los valores, reinventa tus posiciones y crea un panorama diario más excepcional. En nuestro mundo contemporáneo, a menudo hemos olvidado la importancia de la cultura y sus protagonistas. Deberíamos oír más sus voces”. Por eso, la Perrera se inventó a sí misma y apareció con el propósito de dar “rienda suelta a diversos proyectos artísticos de índole no lucrativa”. En palabras de uno de los fundadores del proyecto, Luis Bueno, se trataba (también o sobre todo) de “realizar un especial mapeando en forma de espiral, empezando desde nosotros y trazando un trayecto de conexiones hacia el exterior. Vincular los jóvenes recién salidos de la universidad (…), a otros que empezaban en el mundo profesional (…) y a los artistas consagrados (Mira Bernabeu, Xisco Mensua, Chema López, Nico Munuera) y de este modo construir una especie de la comunidad basada en el punto de encuentro”(donplomo.es). Esa idée fixe de crear un lugar de encuentro se ajusta a la llamada de Claire Doherty articulada en su texto “New Institutionalism and The Exhibiition as Situation”, en el que la autora, hablando de la percepción de una obra de arte y su contexto expositivo en el mundo de hoy, subraya la necesidad del cambio del paradigma y su giro hacia el género del arte participativo en el que la pregunta del artista y la respuesta del espectador basada en el encuentro real forman parte de la obra misma.

Durante casi tres años de la existencia de la Sala, los Perreros presentaron al público tres temporadas de exposiciones. Cada una de las tres temporadas estaba equipada con tres estilos a la hora de crear la agenda de las exposiciones. En el primera temporada titulada “Becerro de Plomo” inaugurada el día 9 de Octubre y acabada el 12 de Diciembre del año 2008 se trataba de organizar en un tiempo determinado (diez semanas) diez exposiciones en dos salas de La Perrera: la azul (donde se presentaba la muestra colectiva de sus diez miembros que respondían artísticamente a los diez mandamientos, no los comúnmente conocidos, sino elegidos por ellos mismos) y la rosa (donde cada uno de los artistas presentaba individualmente su obra, y en la que el comisario era el propio artista). Es decir, se trataba de hacer los “deberes” que les permitían profundizar en la gramática y la ortografía de sus lenguajes artísticos y además responder claramente a las “reglas del juego” de la posmodernidad que convierte sus altares en laboratorios predestinados a experimentar diferentes modos de SER: artista, comisario, gestor, especialista de comunicación, ESTAR: dentro de un lugar que amalgama lo público, lo doméstico y lo ciudadano y HACER: participar en todas las etapas de preparar la exposición empezando por la invención de su formato, la producción de las piezas, su montaje, la preparación de los textos de la nota de prensa, y el uso de Internet con los canales de comunicación como www.youtube.com, www.facebook.es, y la página del proyecto www.donplomo.es en los que los “pluriespecialistas” multiplicaban las formas del encuentro y del diálogo con su obra y ellos mismos. En la conferencia realizada el día 20 de Mayo de 2009 en la Facultad de BBAA San Carlos Universidad Politécnica de Valencia, tres miembros de la Perrera confirmaron que la primera temporada era sobre todo “un ejército enfocado a evitar el aislamiento artístico”.

Y sin lugar a dudas era el ejercicio desarrollado con éxito durante la segunda temporada (inaugurada el día 23 de Enero y acabada el día 27 de Junio del año 2009), porque el híbrido grupo de “Los Perreros” aumentó la cantidad de sus miembros y se presentó al público como la red de dieciocho “nodos” personificados por : Ane Miren, Aixa Takkal, Luis Velasco, Zeta Paitaridou, Javier Jiménez, Marta Rebollo, Andreas & Lukais, Ana Rakel Ruiz, Josep María Ferrero, Rafa Abad, Luis Bueno, Manuel A. Domínguez, Alejandro Durán, Pablo Capitán, Catalina Macan, Regina Quesada, Daniel Diosdado y Stavros Kassis, que rellenaron el programa de las exposiciones individuales y colectivas, en las que cada uno de los asignados a cada exposición, actuaban de comisarios de la misma perfeccionando las capacidades adquiridas en la primera temporada o, como en el caso de los nuevos miembros, aprendiendo de las experiencias de los fundadores del proyecto. Los artistas podían exponer su propia obra o podían no hacerlo para nada. Lo que hay que subrayar es que la oferta de agenda de las exposiciones se ha ampliado por el programa de tres exposiciones “de fuera” en las que personas externas (o tres figuras representativas del panorama del mundo del arte de Valencia) han sido invitados a la Sala para que las comisaríen y, como dijo Luis Bueno, “lleven a cabo una exposición con total libertad”.

Curiosamente ninguna de estas personas eran comisarios propiamente dichos; hablamos de: un galerista Nacho March, (relacionado con el entorno de las galerías profesionales Valle Ortí), Juan José Martín (que en aquel momento gestionaba un espacio similar a la Perrera – Otro Espacio), y Paco Latorre (cuya persona era relacionada más bien con la comunicación, la docencia y la crítica en el proyecto web www.arte10.com). Esa decisión de introducir al Otro a la Sala responde a la necesidad de evitar el aislamiento artístico, pero también responde a la necesidad de lo que podemos nombrar “el querer de saber”. Virginia Torrente, que desde hace cuatro años trabaja de comisaria independiente, en su texto “El caso para el comisario de arte contemporáneo”, confirma que en el caso de los comisarios “falta intercambios de información, estudios, residencias, encuentros…”, por eso podemos arriesgarnos a decir que el trabajo del comisario en muchos casos consiste en improvisar y apoyarse en la intuición que verifica la práctica. La “improvisación compartida” dentro de un encuentro o dentro de un diálogo es el modo de aprender de sí mismo y de los demás. Andrew Renton, director del programa del comisariado del Goldsmiths College-University of London, preguntado por la posibilidad de desarrollo de un discurso sobre la “pluridefinibilidad” del comisariado contestó: “Hay infinidad de libros que se ocupan de la museología, que investigan las teorías acerca de la visualidad, que estudian las diferentes concepciones expositivas. Y sin embargo, no abundan las exploraciones rigurosas del comisariado como disciplina, algo que podría deberse quizás a lo escurridizo de su naturaleza ya que, en el momento de escribir sobre ello, establecemos, aunque no sea esa nuestra intención, una limitación formal. Creo que el lenguaje evoluciona constantemente a causa del flujo en el que nos encontramos en relación al comisariado. Yo no creo que haya que leer un texto determinado sobre nuestra actividad: hay que leer de todo (…) Lo que es verdaderamente elemental es comenzar a hablar con un artista sobre lo que hace”.

Y es lo que me aventuro a decir que es lo que diferencia La Perrera de otros instituciones culturales. La mayoría de ellas nos ofrecen una cita con el artista a través de su obra (o con él mismo si tenemos la suerte de tenerle en la inauguración de su exposición). La Perrera, apostando por el mutuo diálogo con el otro, ofrecía “una opción más”, la “permanente” presencia del artista/comisario en la Sala. Así en la mayoría de los casos no permite la separación del artista de su obra. El espectador puede entrar en el diálogo físico/real con el artista, intercambiar instantáneamente las opiniones celebrando el “aquí y ahora”, equipando la muestra en el elemento de performance. Los Perreros multiplicaron la dimensión del dialogo entre el arte y el espectador convirtiendo el artista/el comisario en “la tercera mitad” de este diálogo. De vez en cuando el artista está obligado a convertirse en el abogado de su obra o en el traductor de su propio lenguaje artístico o como dije anteriormente el diálogo entre el espectador y el creador ya forma parte de la (meta)obra en sí.

Por eso no parece ser mentira que la Perrera desde siempre pretendiera ser un laboratorio de hacer el arte entendido por Nicolas Bourriaud como “un estado de encuentro” cuyo “deber” primordial se articula en la producción de una sociabilidad especifica, en la creación de zonas de comunicación en las que el artista entabla un diálogo e inventa relaciones entre los sujetos llamados por Michael de Certeau “inquilinos de la cultura”. Luis Bueno, hablando de la segunda temporada de la sala, dijo: “La Perrera era una sala que atendía más a un proyecto de gestión que de exposición. Era un proyecto cooperativo, formado por 18 socios, algunos más cercanos a la gestión y otros a la creación. No era, por tanto un grupo artístico, ni un colectivo. Tampoco era importante la sala en sí como espacio físico, lo que prima aquí era el grupo de gestión o, ni eso, la propuesta de gestión (…) no éramos una galería, ni un espacio alternativo. Éramos una parte más de todo el panorama artístico, buscando la conexión y la comunicación con cada uno de los integrantes de este panorama. Una escena artística fuerte debería estar compuesta por multitud de propuestas, sean cuales sean, y que éstas interaccionen“. Otro artista de la Perrera, Manuel A. Domínguez, a quien se le ha preguntado “qué diferenció la sala Perrera de otros espacios independientes de la ciudad”, contestó: “Aún no lo sé. Imagino que esa incertidumbre es lo más interesante de ese proyecto. Al no tener un perfil claro y al moverte sólo la necesidad de que éste sirva de dinamizador artístico de la ciudad, se logra un cierto carácter anti-normativo hacia lo que hay ya constituido. La posibilidad de independencia, la frescura en su imagen y composición, y la liberación de imposibilidades de acceder a las redes artísticas, se traducen en la “apretación” de muchos como una nueva plataforma entre el sector joven artístico y el asentado“.

En la tercera y última temporada, inaugurada el día 2 de octubre de 2009, la Perrera abandonó su protagonismo dentro de la sala y llamó a los artistas y los comisarios externos a la sala a exponer en ella. Los Perreros han equipado a los invitados que ejercían de comisario en el privilegio de traer consigo su propia metodología de trabajo, pero cuyo objetivo se inscribía perfectamente en el decálogo de los Perreros que consistía en ser no sólo generador de proyectos, sino de encuentros e intercambios artístico culturales, intentando crear una red de divulgación y tráfico de proyectos artísticos. Las exposiciones comisariadas por Carlos García y Fermín Jimenez, el colectivo artístico y comisarial La Tejedora CCEC y Hechoenoaxaca, José Luis Giner, y Alejandro Durán invitaron al público a reflexionar sobre la relación con los modelos de producción de proyectos expositivos y de las prácticas curatoriales, cuestionando los modelos convencionales, que dominan muchos de los espacios del mundo de la cultura y que implican en muchos casos una dependencia de grandes presupuestos económicos. La Perrera, por su carácter de laboratorio de pruebas, hizo posible abrir otra vez el debate antes de que algunas exposiciones sobre la mejor manera de construir el discurso, la comunicación o el montaje de la misma.

Para acabar este artículo que pretende descifrar las ideas “fundadoras” de la Perrera, antes de que lo hagan sus miembros que ahora mismo toman descanso (lo que podemos considerar como la cuarta temporada, en la que se anuncia la necesidad de documentar y de desarrollar la reflexión sobre el proyecto, con el fin claro de contextualizarlo y analizarlo teoréticamente) habría que preguntarse: ¿Cómo se gestiona la sala en la que el número de los artistas/comisarios supera la cifra dieciocho? Y sobre todo, ¿cómo poner de acuerdo la existencia de dieciocho diferentes sistemas de creencias, dieciocho incomparables sensibilidades y dieciocho puntos de vista del mismo proyecto artístico? Manuel A. Domínguez explica: “La gestión de la sala se está creando en base a la experiencia que se va teniendo, por esta razón algunas veces parece que exista un dios y otros tantos perfiles personales que hacen de motor en la decisión de las cosas. En todo caso, es algo que partiendo desde la ausencia general de un “presidente”, las aptitudes de implicación han relacionado a personas y sus opiniones como las más acertadas para seguir en base a sus experiencias. En la actualidad, la necesidad de convertirlo todo en algo más participativo y democrático ha llegado gracias a que se goza de más tiempo, cosa que en un inicio no existía y que precipitaba que las decisiones se tomasen entre una minoría; ahora se hace una votación y valoración de todo el grupo en un proceso que roza el “desespero” (debido a que existen muchas personalidades artísticas y un sentido común muy peculiar). En general está siendo muy interesante la manera como se llega a la democracia en la sala”. La visión innecesariamente vendible e idílica que se manifiesta en las palabras de uno de los fundadores de la Sala esconde el fondo más oscuro, que desde mi punto de vista es mucho más atractivo para el análisis teórico del proyecto. Entrevistando diferentes miembros de la Sala se evidencia la existencia del conflicto mutuo entre todos sus miembros a la hora de tomar decisiones sobre la manera de gestionarla al nivel artístico y comisarial. La democracia de la Perrera sin darse cuenta se ha convertido en ejemplar de la democracia agonista que según la politóloga Chantal Mouffe (contradiciendo a Hannah Arendt) consiste en “permitir puntos de vista” y para hacerlo debe de cultivar su “estado de conflicto” evitando lograr el consenso, porque el consenso en sí, cierra el diálogo. Y en el caso de Perrera, se trata más bien de abrirlo y multiplicar sus dimensiones.

Concluyendo: ¿Qué es la Perrera? Sin sombra de duda era e igual seguirá siendo el territorio del experimento, de mezcla y de encuentro entre sujeto y objeto, plataforma de múltiples (meta)diálogos, y una zona donde la experiencia estética robaba la identidad a la experiencia hermenéutica. Un algo extraño, cuyo objetivo era experimentar los modos de adaptarse en la realidad del mundo del arte. En el catálogo de la exposición de Sala la Perrera, De Very Best, se habla de “hacer para aprender” y “ hacer para ser”, el miembro de la dicha comunidad, y el modo de conseguirlo consistía en lo que podemos describir (paradójicamente) como “un autoaprendizaje compartido” . Como dijo en una de las entrevistas Luis Bueno: “Entre los objetivos no proponíamos el fomentar una red artística distribuida. No crearla, porque una red distribuida no se crea, sólo se fomenta fortaleciendo cada uno de sus nodos. Nosotros nos propusimos ser uno de esos nodos y establecer comunicación con el resto, con el fin de crear conocimiento y, en este caso, conocimiento artístico”.


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