El tiempo de las cosas

“Para ganar tiempo. Tiempo que perder. Ganar tiempo que perder.”

 

Samuel Beckett, Rumbo a Peor.

 

¿A quien se dirige el arte?.¿Existe realmente el coleccionismo de arte y, si es así, para que sirve?. ¿Cuál es la función de la crítica de arte y quien es su público?.

 

Éstas son algunas de la preguntas que me llevan acompañando incansablemente desde que empecé a estudiar Historia del arte. Pude que haya quien piense que son temas baladís o puede que sin mucho esfuerzo el propio sistema del arte las haya respondido sin darme cuenta. Nunca me quedó claro.

 

No pretendo responderlas o por lo menos no de forma categórica, simplemente, voy a intentar poner sobre el tapete, las dudas que me generan algunas formas o fórmulas que parecen establecidas y su temible finalidad.

 

El punto de partida que me llevó a escribir este texto fue una frase que, por cierto últimamente no paro de leer o escuchar, y es aquella que parece rezar: Gracias al coleccionismo pervive el arte(si me lo permiten voy omitir el adjetivo contemporáneo ya que no pretendo especificar, ni situar al arte dentro de ningún contexto). Me temo que esto, a parte de ser mentira, encierra una finalidad propia del márketing, y son frases como estas las que hacen que perviva no el arte sino su mercado, o mejor dicho: su mercadeo. Y no es mi intención acabar con dicho sistema de vida, ya hace tiempo implantado, pero si me gustaría ponerlo a discusión.

 

El arte existe más allá de su mercado, más allá de la ley de la oferta y de la demanda, es anterior incluso al trueque. Y es por eso que estás formas del lenguaje, propias de historiadores y coleccionistas, me generan como poco sospechas. La acción de coleccionar implica su ocultación al mundo y aquello que fue hecho para verse es secuestrado y escondido, normalmente en la casa o en el almacén de quien tiene dinero. Así es como las cosas pierden su valor de uso, aunque no su valor económico. En manos del coleccionista el fruto de su pasión o cualquiera de sus obras parecen Picasso y sus historias son siempre épicas y oscuramente encantadoras. El lenguaje del historiador y del anticuario: Nombre, escuela o movimiento, formato y fecha no son más que el camino al sótano del coleccionista. No es el arte lo que pervive sino la historia del arte como un amasijo de inventarios, como un registro de las distintas ocultaciones del arte a manos de sus distintos coleccionistas. Y cada vez que salen a la luz, no es más que para recordarnos su existencia, reavivando así su deseo. Porque estas son las cosas que vuelven loco al coleccionista. Por cierto, no es lo mismo que comprar o poseer algunos cuadros, sean modernos o no, para decorar las cuatro paredes de tu casa y hacerla habitable o habitarla, eso no es una colección , por favor, no confundamos las cosas.

 

Entonces a este lenguaje propio del coleccionista, del historiador y del anticuario se ha unido la crítica de arte, cuya dirección parece mantener viva las fantasías y obsesiones de los tres primeros, retroalimentando así un sistema o un modo de vida cuanto menos elitista. Pretender creer que el valor(no hablo de valor económico sino de uso) de un cuadro depende de lo que puedan decir algunos de estos agentes sobre la técnica o conocimiento de este artista o de aquel no parece más que una fantochada, porque sin duda es cosa de magia o eso me gustaría pensar.

En algún momento de la historia la crítica dejó ser en si misma un reflejo vertiginoso, pero comprensible de esa magia, para aliarse con el enemigo y acceder a sus favores, olvidando su origen, creando así auténticos monstruos contemporáneos.

 

No sé si la crítica del arte debería defender al arte de los artistas, o defender al público del arte y de los artistas, o defender al público, al arte y a los artistas de los coleccionistas y mercaderes. Habiendo olvidado esto es como se ha conseguido que el artista haga arte para el crítico, que a su vez escribe, nunca mejor dicho, de cara a la galería, que a su vez pone buena cara al gusto estrafalario de los coleccionistas a los que por lo visto hay que agradecerles la existencia del arte contemporáneo.

 

Lo extraño es que siempre he pensado que el arte está hecho de la parte que se le quita a la materia o de lo que le falta, como el espacio vacío entre las barras de los balcones, que con sus giros y arabescos crean esas bonitas formas llenas de ritmos. O como esa idea algo zen de que la rueda gira gracias al espacio que hay entre sus radios, que parece ser que no es otra cosa que “ tiempo”, tiempo empleado en robarle a la materia, sea cual sea, donde sea y a pesar de las circunstancias, una parte, para perder el tiempo o perderse en él. Y de alguna manera, relacionado con aquello de lo que hablaba Hans Prinzhorn en su libro, El arte de los enfermos mentales, sobre la pulsión de juego o la pulsión de expresar o la pulsión de hacer -a pesar de estar encerrado, a pesar de no tener nada o casi nada- como Margarite Sirvins que tejió su traje de novia con hilos de trapos viejos mientras estuvo ingresada, demuestra que el arte entendido como pulsión de hacer más que como pulsión de pensar y hacernos pensar, se abre camino. Al igual que lo Microgramas(1924-1932) de Robert Walser escritos a lápiz, con letras minúsculas e ilegibles, en papeles de distintos formatos, lo que en un principio pareció fruto de la locura. Walser poeta y escritor que vivió gran parte de su vida en un manicomio, hizo del tiempo y su perdida, de lo efímero y del los pequeños de talles y de los largos paseos y el divagar, sus grandes temas. Pocas veces he disfrutado tanto como paseando con Robert Walser o con Marcel Proust, otro experto en el arte de perder el tiempo. Y, sin embargo, nunca e me pasó tan rápido como con ellos.

 

Marguerite Sirvins Vestido de novia
Marguerite Sirvins Vestido de novia

 

Robert Walser Microgramas
Robert walser Microgramas

 

 

Para mi que el arte o su experiencia se sitúa en el espacio que hay entre la obra y el espectador. Espacio hecho de tiempo recobrado mediante la memoria y que hace de catalizador de la experiencia del yo con el mundo que le rodea, y de alguna manera, le da sentido. Como esos cuadros de comida, llamados bodegones, cuya función no es otra que la de abrirnos el apetito,¡ y de que manera!. El arte despierta el apetito por las cosas, nuestra curiosidad, nuestras ganas de estar aquí a pesar de las circunstancias, a pesar de todo, a pesar de su secuestro.

Marcel Proust Manuscrito
Marcel Proust Manuscrito

 

Por eso no entiendo obras como Dismaland de Bansky , de donde te marchas peor de cómo llegaste, y en vez de recordar sólo quieres olvidar. Bansky pervierte aquí la idea de parque de atracciones, lugar de regeneración física y mental, lugar para desconectar de la clase obrera, para un mero hacer pensar y reflexionar, se lo podía haber ahorrado, por muy ingenioso que sea. Si ahora al obrero ya no le van a quedar ni los parques de atracciones y va a ser Bansky quien nos despierte de nuestra ceguera, por lo visto, para él aparente, apaga y vámonos. Un parque lleno de obviedades que sólo sirve para alimentar los egos de algunos y los bolsillos de quien todo esto le importa un comino. Esto no es tiempo perdido, es tiempo malgastado, y como siempre de a quien no le sobra el tiempo. Que pena que nos dejemos engañar tan fácilmente.

Dsimaland
Dismaland

Recopilando…Si el arte es la parte que falta y hecha de tiempo que se le ha robado a la materia a través de la mano y su fuerza, por una pulsión de hacer más que de pensar y hacernos pensar, por una pulsión de juego más que espiritual. Lo que se está coleccionando no es más que su resultado, su cachivache, su obra, su residuo. Pero no arte. Museos, Galerías y colecciones no están hechas más que de tiempo, el tiempo de otro, de nuestro tiempo, tiempo robado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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