Javier Marquerie Thomas

por Cristina Anglada


Se podría considerar a Javier Marquerie Thomas (Madrid, 1986) un artista “emergente”, término estratégico del que abusa el sistema del arte actual para denominar a aquellos artistas jóvenes que comienzan a incorporarse al candelero. Según el diccionario, emerger significaría surgir del agua u otro líquido, o bien, alude a algo que brota, dando a entender que aquello que lo hace, lo logra así como de la nada o más bien de repente… Aplicado al mundo del arte –supongo- se refiere a aquellos artistas que se hacen visibles, y parecen hacerlo una vez la crítica y la oficialidad del sistema se pone de acuerdo en propagar tal consenso.

Javi no surge así de la nada, tampoco ha recibido aún el reconocimiento oficial total. Él se encuentra en proceso, en gerundio constante -él y su obra-, a pesar de que ya se aprecian en ella elementos sólidos que vertebran con madurez sus decisiones y resultados.

Marquerie Thomas sorbe de muchas de las tendencias artísticas actuales y como  buen estudiante y artista aplicado experimenta, trastea, prueba, trabaja con el necesario margen de error, rumia, aprende, y continúa. Es muy consciente de cada paso tomado y los titubeos no le paralizan. Actitud que no se debería abandonar nunca.

Con mayor evidencia se arraiga a las directrices neo-documentalistas de la escuela de Düsseldorf. Comparte con artistas como los Becher, los dos Thomas (Struth y Ruff) o Candida Höfer, un instrumentalización del medio fotográfico similar al de un cirujano actuando sobre la realidad. A manos de estos artistas, la realidad en sus selecciones es inventariada con cierta obsesión y fijada con detalle sobre el papel fotográfico, donde los datos quedan reunidos y visibles en su precisión y rigor. En el caso de Marquerie Thomas, con la finalidad de capturar algo en principio inasible, huidizo.

Procediendo estilísticamente a través de cierta pureza, nitidez y delicadeza, se asocian la supuesta objetividad con la aparentemente ausente expresividad (deadpan). Sin embargo, existe dentro de esa generalidad, un cierto uso emocional pero discreto del color (paisajes de la serie Un Avión se va y un hombre queda a cuatro patas). A su vez los efectos borrosos o nebulosos -incorporados y provocados por el autor de manera voluntaria- pueden venir a velar el detalle. Sin embargo, tras ello se intuye la exactitud, y el espectador se esmera ligero en la actividad del revelación, visual y de contenido.

Esa precisión formal y la disposición de lo retratado huye de los aspectos narrativos y buscan frenar lo lineal generando una pausa esencialista. De igual manera, la estrategia de proceder a partir de series no alude tanto a construir una narratividad sino a un registrar de diferentes aspectos de una misma cosa en pos de profundizar sobre una idea que persigue el autor. Maneras que pretenden provocar un emerger en él y en el espectador de lo intuido y perseguido más allá de sus carcasas. (serie Arqueología Melancólica).

Javier profundiza en estas búsquedas apoyándose de la escritura de pequeños textos privados que suman y complementan la labor visual de las imágenes. Suponen desarrollar la parte más poética y literaria de su trabajo, además de ayudarle a definir aquello que presiente, sospecha.

En sus series existe una búsqueda que nace de la materia prima del recuerdo, un sentimiento de ausencia y pérdida que le increpa, y al que sólo consigue hacer frente y calmar con un frío y paciente catalogar visual. A través de la estrategia de la autobiografía aparentemente menos expresiva, él emprende una inmersión a través de la memoria y su evocación, con todo lo que esto conlleva de ficción y realidad. En ese acudir a lo propio, no existe ni rastro formal de expresionismo, alarde o exhibicionismo narcisista, pues se parte de lo más propio y personal, para a través de esa formalización minuciosa, trascender y conseguir lo universal y esencial.

En ese documentar e investigar, acude a fotografías familiares, que añade como archivos testimoniales que componen parte de la obra además de un inventario fragmentado de memoria.

 

Existe un acercamiento constante al paisaje en sus detalles, pero en el fondo estos actúan a modo de resortes de la memoria del autor, pues su significado proviene de ese ser tamizados y vampirizados por sus vivencias pasadas. El carácter documental en su obra se hace complejo y lo acerca a estrategias más conceptuales.

En los trabajos Loitering/ Flight of Fancy vemos ciertas estrategias similares a las desarrolladas por Philip Lorca diCorcia, sobre todo en relación a ese manejo combinado de los aspectos documentales -típicos de la modernidad- que asociaban la fotografía con labores de revelación de verdades, a la vez que con un carácter más posmoderno que acepta y trabaja con el elemento ficcional del medio.

 

Nuestro autor muestra severa atención y curiosidad por los estados intermedios del ser humano, de una manera muy similar que le acerca a la fotógrafa holandesa Rineke Dijkstra. Esta familiaridad se aprecia sobre todo en los retratos de la serie del 2009, y en Loitering, donde las edades de sus protagonistas abarcan desde la infancia, pasando por la pubertad y la juventud. Todos ellos, estados de tránsito efímeros, lugares de paso.

Realidades tamizadas, escogidas por la importancia en cuanto que para el autor suponen, para detonar y alimentar ese recuerdo y búsqueda. Y es que la búsqueda es lo mismo de siempre, lo exótico del tiempo, los paraísos perdidos que sólo son paraísos porque se han perdido, y todo en el recuerdo queda barnizado. Para Marquerie la evocación nunca es suficiente.

Es en esa fricción entre el frío y el calor, donde reside la potencia de sus imágenes.







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