Un diálogo discontinuo

Un Diálogo Discontinuo

Nuestro proyecto curatorial presenta una combinación de artistas a modo de muestrario; fragmento de algo que pasa en la actualidad y en nuestro presente. Tal agrupación no pretende responder a un vacío generacional o movimiento político o artístico concreto. Todos ellos comparten actitudes a la hora de acercarse a su profesión, aunque formalizadas y desarroladas de formas muy diversas; maneras esenciales de crear, de volver a conectar a través del medio creativo con ciertos aspectos universales y esenciales de la actividad. En algunos casos, ese acercamiento procede de manera más matérica y artesanal, pretendiendo romper a su vez esas antiguas y obsoletas jerarquías de los discursos de poder (Sol Calero). Se evidencia una cierta vuelta a la pintura, aunando en sus resultados maneras más tradicionales con elementos de nuestros días (Luciano Suárez, Carlos Alemany, Sol Calero).

Frente a estas tendencias más cálidas y manuales, nos topamos con prácticas de una línea y carácter pretendidamente más frío, documental y conceptual, las cuales hacen uso frecuente de la fotografía como instrumento con el que proceder (Iraida Lombardía, Javier Marquerie Thomas). Ese frío de alguna manera se mitiga con el hecho de acudir a la naturaleza como fuente y fuga de sus reflexiones. Nosotros propone un diálogo, discontinuo y azaroso -de juego- entre obras con discursos tan “heterogéneos” como los que aquí se presentan; una suerte de acontecimiento-diálogo-discurso que nos aleje de la manipulación del yo y de los medios. Un acontecimiento  que se acerque a la idea de discusión durante la sobremesa, de esas que se alargan, hasta bien entrada la noche, si hace falta.

Carlos Alemany ( Santa Cruz de Tenerife 1981), de forma aparentemente sencilla, juega con la sensación de velocidad y movimiento que genera la apariencia de las luces fijas de colores (farolas, letreros luminosos, intermitentes…) que hay en las ciudades por las noches. Una forma encantadora de ver la pintura que le acerca de manera tangencial al Impresionismo; Carlos no pinta al aire libre y sobre un caballete el movimiento de una locomotora, Carlos va subido en esa locomotora  -o en cualquier medio de locomoción moderno- y pinta aquello que la velocidad deforma o forma. Y para ello se sirve de la fotografía, que paraliza ese instante para poder ser pintado. Una pintura que juega con las fuerzas y energías de este mundo para hacer visible esa tensión que hay entre el hombre y la fuerza de la gravedad.

Nos gustaría destacar la labor manual y la mano en si misma como guardianes de la memoria y la tradición. Nos gustaría poner como ejemplo de conocimiento milenario a todos los artesanos que trabajan materia y cuerpo. Con ese diferenciar entre artista y artesano, nos hemos cargado de un plumazo, todo el trabajo de la mujer desde el principio de los tiempos; un trabajo hecho a mano y no de la mano del hombre. Y aún siendo las reinas de lo manual -que nos deleitan con su delicados y maravillosos trabajos de costura-, las hemos desterrado a un lugar invisible de la Historia del Arte. Sí la pintura para Matisse debía ser como un sillón en el que sentarse a descansar, nuestras madres y abuelas cosieron esas mantas que tanto calor  nos dan en invierno y tan a gusto nos hacen estar, llenas de color, de formas rítmicas y encantadoras, como las de las alfombras persas. Estos elementos rítmicos -como de calidoscopio-, son propios de la decoración textil y de algunos estados de conciencia alterada producidos por ciertas drogas y algunos trabajos manuales que conllevan cierta repetición, como los manteles de ganchillo cuya finalidad no es sólo cuidar la mesa, sino hacer la comida más agradable. Y todo esto lo han hecho en silencio y para los suyos, por lo que no podemos dejar de estar agradecidos a la artista o artesana (según prefiráis) Sol Calero y a Christopher Kline. Esta inquietud de la mano hace que Sol Calero sea, tal vez, la artista más polifacética de la exposición; tejiendo, dibujando y pintando una producción artística que tiende al infinito, balanceándose entre lo cómico, lo gracioso y la reflexión.

Luciano Suárez por su parte procede enlazándose con la línea calurosa, inmediata, atronadora del expresionismo y del arte bruto, y con ellos, remitiendo a su vez a los claros inspiradores de estos: enfermos mentales, domingueros, niños; Luciano se acerca a la pintura como juego y experimento, viendo en materia, pigmento y espacio todo un terreno al que meterle mano; sus enormes cuadros huyen de conceptos y las figuraciones actúan de mera excusa y punto de partida para recrearse en todo lo que da de sí el color en todas sus texturas, ya sea en acrílico, óleo o spray. El cuadro se crea con todo el cuerpo, machado durante el mismo. A su vez, el tiempo que configura el proceso deja sus trazas visibles como parte del cuadro, en nuevos colores, veladuras y chorreos indiscretos.

La serie de fotografías El lenguaje de los árboles de Iraida Lombardía quiere hacernos pensar en este cachivache que es el lenguaje, en como tiende a la simplificación sin errores del lenguaje binario de los ordenadores, eliminando la interpretación del texto para hacerse lo más funcional posible en un mundo digitalizado y maquinista. En las fotografías se puede ver la esterilidad, la falta de vida y color de la naturaleza que hay tras esas estructuras, segmentadas y coloristas, que pretenden ser un árbol o acercarse a la mínima expresión de su concepto.

Marquerie Thomas, procediendo estilísticamente a través de cierta pureza, nitidez y delicadeza, se asocian la supuesta objetividad con la aparentemente ausente expresividad (deadpan). Sin embargo, existe dentro de esa generalidad, un cierto uso emocional pero discreto del color (paisajes de la serie Un Avión se va y un hombre queda a cuatro patas;). A su vez los efectos borrosos o nebulosos (Arqueología) -incorporados y provocados por el autor de manera voluntaria- pueden venir a velar el detalle. Sin embargo, tras ello se intuye la exactitud, y el espectador se esmera ligero en la actividad del revelación, visual y de contenido; En sus series existe una búsqueda que nace de la materia prima del recuerdo, un sentimiento de ausencia y pérdida que le increpa, y al que sólo consigue hacer frente y calmar con un frío y paciente catalogar visual. A través de la estrategia de la autobiografía aparentemente menos expresiva, él emprende una inmersión a través de la memoria y su evocación, con todo lo que esto conlleva de ficción y realidad. En ese acudir a lo propio, no existe ni rastro formal de expresionismo, alarde o exhibicionismo narcisista, pues se parte de lo más propio y personal, para a través de esa formalización minuciosa, trascender y conseguir lo universal y esencial; Es en esa fricción entre el frío y el calor, donde reside la potencia de sus imágenes.

Con tal combinación de artistas y propuestas, llamamos al diálogo discontinuo, múltiple, productivo, libre y lúdico.

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