Manuel Antonio Dominguez. Donde la multitud no llega

por Marcin Franciszek Rynkowski

Manuel Antonio Domínguez (Villablanca, Huelva, 1976) empezó su formación académica en 1999 en la Facultad de Bellas en Sevilla. La culminación de sus estudios universitarios coincidió con el inicio de su proyecto titulado Hombre Sin Cabeza, que hasta la fecha sigue siendo un eje figurativo y una firma “visual” de su producción artística. El objetivo del artista consiste en analizar las distintas formas del desarrollo cultural de la idea de la masculinidad “tradicional”, que hoy en día, apropiándonos de las palabras de Freud, podemos denominar dark continent, dentro del cual la masculinidad, careciendo de una definición clara de un enemigo que pudiese discriminar su masculinidad, se ha convertido en la víctima de un sistema generado por ella misma.
La idea inicial del artista de deshacerse de su propia cabeza pone de manifiesto el rechazo a una realidad construida en base al tradicional reparto de roles, pero también se trata de un rechazo a la conciencia en sí misma, y con ello, al autocontrol en la esfera intelectual, (o quizá sobre todo) en la esfera emocional. En la mesa de su disección artística, Domínguez coloca la figura de un hombre sin cabeza enzarzado en una maraña de relaciones sociales, imperativos culturales, con sus ideas preconcebidas y sus dilemas. El traje que encarcela su cuerpo es más bien un uniforme que le predestina a cumplir con el papel de “guardián” de la cultura de dominación encarnado por el “cabeza de familia”, o en otras palabras es un ataúd heredado de la tradicional concepción de la masculinidad heteronormativa que hasta hoy ostenta los privilegios del poder, y de su ejecución.
Domínguez revela en su obra la transparencia del carácter performativo de la cultura que ha convertido el tradicional modelo antropocentrico en un absoluto neutral, que no requiere de una legitimación discursiva. Para lograr ése objetivo, el artista se presenta ante el espectador tras una máscara y de este modo saca la fuerza de su elaborado discurso artístico de las posibilidades que le ofrece paradoja tan presente en la obra literaria de Witold Gombrowicz, que consiste en una provocativa suposición de que el descubrir el yo verdadero no es posible al margen del juego. Frente la obra de Domínguez no sabemos contestar a la pregunta ¿dónde acaba el artista y dónde empieza su alter ego llamado Hombre Sin Cabeza? Porque, paradojícamente, uno al otro permite hablar a la vez que permanecer en silencio; desear y a la vez contradecir al deseo. Dicha ambivalencia, que impregna la totalidad de los trabajos de Domínguez, potencia el tenor de sus obras, en los que, el cuerpo y la memoria, el traje blanco y negro, o también rosa, se convierten en espacios de una inteligente disección o vivisección artística.
El cuerpo del Hombre Sin Cabeza es una prisión o una camisa de fuerza de la que cuesta escapar. Es un instrumento en manos de la autoridad de la cultura que lo transforma en el sujeto del “beneficioso” adiestramiento, pero también, ya citando a Nietzsche, el cuerpo es una oportunidad, una cuerda extendida sobre un abismo, es un puente y no una meta. Digamos un lugar transitorio dominado por la lógica de sensaciones, del deseo, en el que madura la sexualidad. Mientras que la memoria, otro punto elemental de  la obra de Domínguez, es un registro que, aunque descatalogado, sigue vivo en el presente, archivando las prácticas a las que es sometido el cuerpo dentro de la cultura heterocéntrica y su violencia simbólica. Por eso, no es exagerado decir que la memoria en las obras de Domínguez es el origen del que nace el conjunto de su discurso artístico y, al igual que en sus collages, es una fuente de reciclaje artístico e intelectual que crea la base de un acto gradual, alusivo a menudo simbólico, de apertura a nuevas formas de masculinidad, no heteronormativas, no jerárquicas, huidas del traje fabricado en sólo una serie y de su limitada oferta de tallas que pueden multiplicarse bajo la bandera de la deseada y utópica democracia agonista. Es lo que encierra el potencial libertario, artístico y profundamente existencial del trabajo de Domínguez.
La técnica del collage, a través de la cual Domínguez desarrolla su discurso plástico, le acompaña desde sus inicios y le permite enfrentar “físicamente” las imágenes (mapas, cartas de diarios, encontradas en los mercadillos de viejo) con una nueva, no-heteronormativa línea de narración. La intervención del artista, a la vez, lleva los rasgos de la destrucción creativa como la creación destructiva y le permite producir nuevas constelaciones de significados. Lo que fascina de esa técnica de Domínguez es el hecho de que los fragmentos del pasado que podemos contemplar en sus trabajos se nos revelan como neutrales, como algo que no pertenece más que a la obra del artista en la que los podemos apreciar. Lo que sabemos de ellos está en lo que representan. Y no obstante, ese desconocimiento de las raíces de las narraciones originales, de los textos de los que fueron arrancadas, las hace peligrosamente seductoras, precisamente por su -para nosotros- inescrutable, aunque posible, y manipulada intertextualidad.
Los trabajos de Domínguez constituyen una especie de juego, cuyas reglas se asemejan a las de resolver un cubo de rubik. Pero el objetivo de dicho juego no consiste en resolver el cubo, sino en enfrentarse al bastión de la lógica racional, que el artista contrapone con la lógica de las sensaciones. La ambigüedad, la vaguedad, crean un laberinto “anudado”, en el que siempre estamos ubicados en un espacio “intermedio”: entre imágenes, entre palabras, entre presentimientos, entre la pregunta y la respuesta, en un enclave de la cultura habitado por Hombre Sin Cabeza, donde los semáforos están, a la vez, en verde y en rojo.

Manuel Antonio Dominguez. HCS/III/, 2007.

Manuel Antonio Dominguez. Dímelo en voz baja, 2010.

Manuel Antonio Dominguez. Mascarada, 2009.

Manuel Antonio Dominguez. Trabajadores nocturnos, 2011.

Manuel Antonio Dominguez. Me apuntaban, 2010.

Manuel Antonio Dominguez. Dichoso el árbol, 2011.

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